TODO LO QUE SUBE BAJA
Sueño que estoy recién levantado y también debidamente aseado y vestido, a punto de entrar en el ascensor para salir a dar mi paseo mañanero de los sábados por la mañana antes de desayunar para inmediatamente después ponerte delante del ordenador o hacer acopio de paciencia antes de ir a hacer las compras de la semana. Entonces descubro que lo que abulta dentro de mi pantalón del chándal no es sino mi miembro viril exageradamente empalmado. Vamos, una rigidez o contundencia como pocas veces, tipo obelisco egipcio y así. Algo sorprendente porque uno ya va cumpliendo años. Y a partir de ahí todo son problemas. ¿Cómo voy a salir a andar por la calle dando el cante con ese bulto títanico, desmedido y extraordinario entre las piernas? Empero, llego al bajo y nada más abrirse la puerta del ascensor aparece una de esas vecinas de cardado imposible, más que vintage diría que en plan NODO y así, tipo Carmen Polo y Martínez-Valdes, la del Generalísimo para los de la ESO. Saludo y enseguida procuro acelerar el paso hacia el portal como si no pasara nada. Ya en la calle toca disimular lo evidente acelerando todavía más el paso, vamos, que hoy en plan runner o casi.
El problema es que para acceder al parque que recorro por la mañana hay que pasar delante del súper donde acostumbro a hacer la compra. Y claro, faltaría más, porque esto es una pesadilla aunque yo todavía no lo sé, como me madrugo la plantilla al completo del súper que me suele atender está esperando fuera a que abran para entrar a trabajar. Qué vergüenza, con qué cara le pregunto yo luego a la frutera a cuánto están los calabacines o las berenjenas. Eso y que me temo que a partir de hoy me voy a llevar el manojo de puerros sin que me corten lo verde. En fin, creo que lo peor ya ha pasado y no habrá más encuentros desagradables, eso quitando el abuelete del tercero con el que suelo coincidir cuando saca el perro para que riegue de orines el parque -seguro que hoy me empieza a dar el coñazo con lo de la Viagra-, cuando llego al parque y descubro que está concurrido como nunca a estas horas tan tempranas de la mañana. No me lo puedo creer, parejas de la mano o entregadas ya desde el primer momento al magreo mañanero, familias de ecuatorianos que acostumbran a madrugar para coger sitio con el fin de hacer picnic en el parque hasta la noche, algún que otro recogedor de setas tonto del culo y, sobre todo, y como nunca, un montón de mujeres solas y empoderadas que también han elegido madrugar con el fin de no tener que sortear por el camino a falócratas de esos que, como un servidor, hacen gala a su paso de su masculinidad tóxica a cuestas. Féminas convencidas de que el mundo sería un lugar mejor si no hubiera tanto señoro capullo obsesionado con los supuestos privilegios heteropatriarcales que según ellos derivan en esencia del tamaño de su miembro viril. Féminas que, en cuanto me ven acercarme, se desvían escandalizadas campo traviesa como alma que lleva el Diablo tras fruncir el ceño y dedicarme miradas en las que puedo imaginar la imagen de unas tijeras de podar. También me encuentro por primera vez en mucho tiempo a un grupo de chiquillos con sus profesores, y para colmo de colegio religioso -ahí los curas todo envidiosos...-, en plena excursión mañanera. Incluso creo adivinar a los conejos del parque huyendo despavoridos a mi paso al contrario de lo que suele ser su costumbre en otras ocasiones, que prácticamente se me echan encima, digo yo que para contagiarme su mixomatosis o lo que sea.
Un espanto. No aguanto más la situación, así que decido volverme a casa para meterme de cabeza debajo de una ducha fría. Pero, vaya por Dios, lo que no puede faltar en toda pesadilla que se precie, justo en ese momento me llama mi mujer para pedirme que entre al súper a comprarle una barra de pan del día para desayunar su tostadica con tomate y aceite. Yo, por supuesto, me resisto explicándole mi situación. Error, ella cree que se trata de una de mis excusas habituales para escurrir el bulto. De modo que, si no quiero acabar pasando el sábado en casa de mi suegra a modo de venganza, no me queda otra que entrar al súper. Sin embargo, no os podéis imaginar mi angustia sólo con imaginar que se abren las puertas correderas del súper y aparezco yo delante de todo el mundo con...
Y sí, claro que sí, faltaría, viene en el décalogo de este tipo de pesadillas, justo en ese preciso momento despierto con el consabido sobresalto y mi curiosidad por saber el motivo de esta erección de caballo. Así pues, me pregunto si se habrá debido al tiempo que me tiré ayer al mediodía cortando las zanahorias y calabacines para el pisto del día anterior, al último disco de Rigoberta Bandini, a las regalías de mi última novela, o a haber tenido que colgar anoche la ropa interior de mi señora en el tendal mientras escuchaba con los cascos en el móvil una de Tina Turner.
Ni puta idea y tampoco ganas de tirarme en el diván del comecocos de turno. para averiguarlo Lo único que me importa ahora es haber vuelto al mundo real donde a mi edad una erección de veras empieza a costar casi lo mismo que le cuesta, también ahora, a Juanito Oiarzabal subir y y bajar de tirón al Gorbea de buena mañana.

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