Sueño que mi señora me dice que viene a cenar una amiga suya con su novio de esta semana, que el tipo trabaja en no sé qué mierda relacionada con la hostelería, y que le prepare algo como para sorprenderlo. Me niego en rotundo. Yo no tengo ni quiero sorprender a nadie con nada, vamos, ni con mis libros. Eso y que ya soy mayorcito como para reconocer que de cocina voy justito y que por mucha voluntad que le ponga a la cosa hago lo que puedo, a veces sale bien, otras peor; insisto, como mis libros. Así pues, y ya como casi siempre que me mete en estos fregaos, me limitaré a hacer lo que mejor me sale y menos quebraderos de cabeza me da; pues eso, como con...
En eso que ya estamos sentados con la amiga de mi mujer y el chaval en cuestión. Y digo bien, el chaval porque calculo que la amiga le saca más de un par de décadas; y, oye, bravo por ella, para aguantar soplapollas, porque casi todos los tíos lo somos en mayor o menor medida, mejor que, si no son de rendir bien en la cama, por lo menos que no se cansen tras el primero. Ahora, no creo que sea el caso, como éste pertenece a esas generaciones que pasan más tiempo en el gimnasio que en el bar, estoy seguro de que la empotra bien, que de lo contrario no entiendo para qué van tanto al gimnasio .
- Prueba los pinchos que ha hecho Txema.
Y si no le gustan tampoco pasa nada. Yo he echado la tarde en la cocina en vez de pasármela comiéndome el tarro con mis mierdas de a diario, eso mientras bailaba mi lista del Spotify y, sobre todo, ya he solventado lo de los entrantes con mi pincho de foi, hongos y jamón de pato, el de txitxikis sobre una capa de piperrada y un huevo de codorniz por encima, la tartaleta de hojaldre con txangurro, el de bacalao ahumado sobre una capa de patatas cocidas con una picada de tomate fresco y huevas negras de no sé qué puto pez, la ensaladilla de pulpo con pimentón picante que copié del Dazz de Vitoria porque me encanta, y, faltaría más, la penca rebozada con jamón e Idiazabal sobre una rebanada con salsa de piquillos.
- ¿Qué, qué te parecen? - Pregunta el amor de mi vida y así al chaval convencida de que mis pinchos están a la altura de cualquier restaurante de relumbrón; vamos, que no la tengo poco engañada ni nada, como en casi todo.
- Ummm, este con foi no está nada mal. Una pena que el jamón de pato esté duro y que los hongos se nota que no has ido precisamente esta mañana al monte a cogerlos.
- ¿Y éste?
- Los txitxikis estos tampoco están mal; pero, yo casi prefiero el picadillo asturiano, así como más desmenuzado, fino.
- El de txangurro te va a alucinar.
- Se nota que el txangurro es de lata.
- ¿Y el de bacalao?
- No me gusta nada el bacalao ahumado, prefiero el desalado de toda la vida.
- ¿No me dirás que el de pulpo...?
- La ensaladilla con pimentón mata el sabor del pulpo.
- Mejor no digas nada malo de las pencas rellenas porque es el preferido de mi maridito.
- Si no están nada mal, no; pero ganarían más si en lugar de Idiazabal les hubieras metido un Cabrales.
En eso que me levanto para recoger los platos e ir a la cocina a por el segundo. A ver si al "mokofina" este de los cojones por lo menos le gusta el sapo de dos kilos y medio que he metido al horno sobre una capa de patatas panadera, pimiento verde y cebolla, y al que echaré, nada más sacarlo del horno, una fritada de ajos, vinagre de sidra y perejil fresco, con un poco de bizigarri, por supuesto. Vamos, nada del otro mundo. Muy mal se me tiene que dar para que no triunfe en la mesa, porque casi todo el mérito se lo lleva el pescado. Eso y que al que no le guste el rape casi mejor que deje de respirar, que ya hay demasiada gente en este planeta.
- ¡Pixín, me encanta el pixín al horno y más con su fritada de ajos y vinagre de sidra!
- A ver qué te parece.
- Riquísimo. Ahora, es una pena que...
- ¿Qué, qué hostias? - Oye, que pensaba que no me iba a afectar tanto y noto que el pescado no es lo único que está caliente.
- Es una pena que lo hayas hecho al horno. Yo es que estoy más acostumbrado a comerlo hecho sobre brasas.
- Tranquilo, para la próxima compro una parrilla, la pongo en la terraza y que se jodan los vecinos si les molesta el humo.
En eso que la señora de la casa me hace un gesto para que recoja los cubiertos y la acompañe a la cocina con la excusa de ayudarle a sacar la tarta de queso, estilo Bar la Viña, pero con un azul asturiano suave.
- ¿Tú has visto qué pedazo de gilipollas ha traído tu amiguita a casa? - Le suelto nada más cerrar la puerta de la cocina -. ¿Pero de qué hostias va este tío?
- Cierra la boca que te van a oír. Pablo es youtuber y se dedica a hacer vídeos de crítica gastronómica.
- ¡Anda no me jodas! Por eso tenía el móvil delante de él grabando todas las tonterías que decía. Ya decía yo que dentro de la pirámide de los soplapollas éste debía estar en la cumbre.
- Me da igual lo que pienses. Es el churri de mi amiga y esta vez parece que va en serio, como que dice que el tío está forrado y todo. No quiero que la montes.
- Intentaré sujetarme la lengua, sí. ¿Por lo menos me dejarás que saque otra botella de vino para que me ayude a soportarlo.
- No hace falta. ¿No has visto que él no ha bebido nada?
El caso es que se lo tengo que prometer si no quiero tener que ir a comer a casa de mi suegra todos los findes del mes que viene. Así y todo, ha sido fijarme en la copa de vino del musculitos sin tocar y no poder aguantarme.
- ¿Qué pasa, no te gusta el vino? Es un monovarietal de uva maturana, un Zuzarán, la bodega de una prima mía.
- A mí es que no me gusta el vino. Pero bueno, si me sacas una Coca-Cola, unos hielos y una rodaja de limón, no me importa improvisar un kalimotxo para acompañar a la tarta de queso.
- ¡CÓMO, LO QUÉ, QUÉ HOSTIAS ACABAS DE DECIR? ¿EN SERIO? ME VOY A CAGAR EN TU P...
Y suerte que después de emprenderla a puñetazos y patadas contra la almohada, la madre de mis hijos y estos, los cuales han acudido a nuestra habitación asustados por mis gritos, consiguen hacerme despertar de la pesadilla. No vuelvo a ver un puto video en el que salga semejante payaso.