De pequeño las veía pelar y cortar a mi madre sobre la mesa de la cocina todas las semanas. Veía a mi madre y también a la mayoría de las mujeres de mi entorno, las veía incluso en imaginarias fotos en blanco y negro sentadas alrededor de la mesa de una cocina de pueblo. Yo odiaba las vainas tanto como odiaba el pisto, las acelgas, la porrusalda e incluso las pochas de vigilia, casi todo lo que tuviera que ver con la verdura en exclusiva. Luego ya te haces mayor, o algo así, y un día, de repente, eres tú el que está en la cocina pelando y cortando vainas con una paciencia que en ti se hace extraña, acariciando el momento de sentarte a la mesa con tu pareja delante de un plato de esas mismas vainas preparadas con su jugo, su patata, su zanahoria y un sofrito con láminas jamón serrano y muy poco de pimentón (ya si eso otro día con patata cocida, chorrotada de aceite virgen y santas pascuas). La verdura que no me gustaba de pequeño y que ahora me apasiona como tantas otras cosas, los trabajos de la cocina que parecían propios de ellas y que ahora son de todos, los platos caseros, de tu casa, que así pasen mil años siempre te retrotraerán a ese paraíso perdido que ahora quieres que sea el de tus hijos, la imagen de tu padre a la mesa dando debida cuenta de ese plato de vainas que ahora es el tuyo.
lunes, 14 de septiembre de 2015
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