viernes, 14 de agosto de 2026

PESADILLA EN LA COCINA

                                        

 

    En la pesadilla de hace unos días yo volvía a ser un mico que regresaba a Vitoria con sus padres de las vacaciones de verano en el Mediterráneo. Tras tres o más horas de carretera en el el R8 parábamos a medio camino, en Zaragoza, para comer. Hacía un sol abrasador que amenazaba con derretirnos mientras caminábamos a lo largo del paseo junto al Ebro. Ya en el centro intentábamos hacer la visita de rigor a la basílica de la Pilarica. Estaba cerrada. Entonces mi viejo decidía buscar un restaurante en el que, sobre todo, ponernos a cubierto de aquel calor abrasador. Parecía que a todo el mundo se le había ocurrido la misma idea, porque todos los restaurantes estaban completos. Insistimos en encontrar una mesa libre recorriendo todos y cada uno de los bares y restaurantes el centro de Zaragoza hasta que mi viejo, supongo que aburrido de su empeño en sacarse en eso también él solo las castañas del fuego, decide preguntar a un nativo. Entonces el sujeto nos guía a través de un sin fin de callejuelas de lo viejo hasta llegar a un tugurio de esos en los que nada más entrar se te pegan las suelas de los zapatos al suelo. Dudamos, bueno, lo hacen mis padres; pero, o es allí o volver a la calle a una hora en el que el sol simple y llamamente ajusticia a los incautos que se exponen a su abrasadora imclemencia. Nos quedamos porque nos estamos muriendo de hambre. Y no me refiero a ese hambre sempiterno con el parece que algunos nacemos y que nos acompaña de la mañana a la noche como si lo de vivir en un pienso no fuera sólo una expresión recurrente, no, sino más bien de ese otro como de celtíbero sitiado por los romanos en Numancia y que como te descuides te ves pegándole un bocado a un fulano en los gluteos como el que no quiere la cosa.

De modo que nos atiende una camarera de larga melena rizada castaña, rostro de rasgos firmes y gestos incesivos, una tez nacarada en la que destacan dos grandes ojos almendrados con las pestañas chorreando rímel y un boquerón que para sí lo quisiera el mismísimo Joker, la cual nos hace descender por unas escaleras hasta una mesa junto a... los excusados.
El mosqueo de mis padres es notorio. Varios amagos de levantarse de la mesa por parte de nuestro progenitor y varios "¡Jesús, por favor, ni se te ocurra montar el espectáculo!" por parte de la progenitora. En cambio, mi hermano y yo, indiferentes a esos detalles como cualquier crío de nuestra edad, estamos contentos porque por fin vamos a jamar algo, lo que sea, tras casi dos horas de tumbos por el centro de Zaragoza. De hecho, somos el pretexto de nuestra madre para convencer a nuestro padre de que necesidad obliga.
La camarera, de mirada displicente y sonrisa tan amplia como falsa, nos toma nota a la vez que asegura, con un acento que esperaríamos maño, pero que resulta cantarín y en el que enseguida reconozco expresiones como "prestar", "marcho", "alipendes", "guaje" y diminutimos como "servilletina" o "vasín", por lo que sólo puede ser asturiana o leonesa, que todo lo que sirven en su restaurante es de excelente calidad, lo mejor que se puede probar a no sé cuántos kilómetros a la redonda.
Llegan los entrantes. La ensalada parece haber sido aliñada con lejía, el jamón de Teruel es puro plástico, las gambas de mi madre saben a Pleistoceno. Puedo sentir a mi viejo cocerse por dentro sólo con ver cómo rechaza el segundo trozo de jamón que le ofrece mi madre. La mayoría de los platos permanecen casi intactos. Por último llegan las croquetas. A quíen no le gustan unas croquetas por muy de quinta o sexta gama que sean. Observo en mi padre un halo de esperanza que hace que su ceño fruncido se distienda apenas unos milímetros.
Luego ya lo único que recuerdo es habernos levantado de un salto de nuestros asientos al grito de nuestro progenitor para que recogiéramos nuestras cosas y nos fuéramos tras él. En el camino, esto es, nada más salir de aquel zulo junto a los urinarios subiendo la escalera, la camarera pregunta a mi viejo, con una cara de asco infinito, si hay algo que nos "digustó" de la comida. A partir de ese momento todo son improperios y juramentos por parte de mi padre dirigidos hacia la camarera, el compañero que está en la barra, el cocinero que asoma de la cocina alertado por los gritos y ya, por extensión y también escarmiento, todas las asociaciones de empresarios hosteleros del país.
Nos vamos, claro que nos vamos, dejando a nuestras espaldas una retahíla de acusaciones acerca de la honestidad de los responsables del local y, muy en especial, varios de aquellos cagüendioses con los que mi viejo solía hacer temblar la mole calcárea del Toloño cuando nos hacía bajar hasta el término de Atxalde en su pueblo los sábados a la mañana para sacar piedras de la que sería una de las viñas más hermosas de toda la comarca y que hoy nutre con sus uvas la conocídisima bodega de Remelluri.
Entonces, yo no me resisto y, antes de desaparecer por la puerta de aquel antro, echo la vista atrás para descubrir que la camarera de marras que nos sonríe desafiante desde la puerta como si la cosa no fuera con ella no es otra que la portavoz del Partido Popular en el Congreso, una tal Ester Muñoz.
En fin, es que ni en verano...

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