El lunes me tocó bajar con la señora mayor que vive sola en el sexto, la cual me comentó las ganas que tenía de que llegara el 24 para ver a sus hijos con sus nueras y sus nietos dado que la mayoría vivía inseminada... diseminada por toda España. Yo cuando oigo así siempre me acuerdo del poema de Octavio Paz que dice "Familias/ criadero de alacranes..."; pero, y como en principio no quería oficiar de borde por lo de estas fechas entrañables y tal, me limité a recordarle la famosa cita de Sartre adaptada para la ocasión: "Si el infierno son los demás, no le quiero decir ya la familia..."
viernes, 16 de enero de 2026
CUENTO DE NAVIDAD
Al día siguiente tuve la desgracia de coincidir en el ascensor con el impresentable del quinto, un cuarentón solterón y revenido que vive con su madre. No suele devolver el saludo nunca a nadie. De hecho, sólo le dirige la palabra a su perro de aguas a la vez que aprovecha para despotricar de todo casi que a grito pelado. Pues no va el muy asqueroso y me suelta: "¡Ya estamos otro año con la puta Navidad!"
Mira que en lo esencial estoy de acuerdo con sus palabras; pero, en ese momento me pareció un comentario tan inoportuno viniendo de un tipo que sólo abre la boca para intentar ser todavía más desagradable de lo habitual, que por un momento estuve a punto de desearle Felices Navidades y un próspero año nuevos a él y a su santa madre. Tranquilos, al final me resistí desviando la atención hacia su chucho acuático.
Luego ya el jueves se me metió en el ascensor el vecino ex-policía que vive en el cuarto y con el que suelo limitarme a intercambiar un saludo y poco más, vamos, por si las moscas. Pues no va y me suelta: "¡Que pases unas felices fiestas. vecino!" Y yo que le respondo sin pensármelo dos veces: "¿Es una orden, agente?"
Así que la pesadilla de anoche venía casi que predeterminada. Soñaba que cogía el ascensor para bajar a la calle, se me paraba en el sexto y entonces entraba la anciana de sexto un tanta difuminada.
- Soy el fantasma de las Navidades pasadas.
- ¡No joda! Pensaba que se había pasado con la laca.
- Vengo a recordarte lo feliz que fuiste cuando eras niño y disfrutabas del espíritu de la Navidad con los tuyos...
- Ya, ya, y nos poníamos hasta el quico comiendo angulas. ¿Este año va a haber angulas?
- Esto...
- Pues a otro con el cuento...
El caso es que al día siguiente decido bajar a la calle por las escaleras para no tener otra sorpresa desagradable. Pero, como luego vengo de la compra con el carrito hasta los topes no me queda otra que coger el ascensor porque vivo en un octavo, y es entonces cuando me encuentro al dueño de can lanudo que vive con su madre en el cuarto un tanto borroso.
- Soy el fantasma de las navidades presentes y voy a enseñarte la Navidad de los que no tienen nada y se pasan el año sufriendo.
- ¿Te refieres a los refugiados ucranianos, sirios, palestinos, de cualquier parte del mundo, a los inmigrantes que malviven en Marruecos antes de poder saltar la valla, a los que naufragan en cayucos, los que lo han perdido todo en catástrofes naturales, a los que...
- Por ejemplo.
- ¿Y me quieres hacer creer que si recupero el espíritu navideño, por ejemplo repartiendo regalos entre mis allegados y poniéndome a comer como un cerdo, todas esas personas se sentirán mucho mejor?
- Esto...
- Pues a otro con...
Al día siguiente la verdad es que ya me importa una higa encontrarme con el tercer fantasma del cuento al coger el ascensor. En efecto, para en el cuarto y ahí que se me mete el éx-madero también difuminado o borroso.
- Soy el fantasma del futuro y vengo a enseñarte tu tumba en el cementerio para que descubras que nadie se acuerda ya de ti porque fuiste siempre un cenizo que...
- Sí, sí, que pasaba como de la mierda del espíritu navideño. ¿Y me dice que nadie trae flores a mi tumba? Pues, oiga, ¿a mí qué cojones me importa si ya estoy muerto y no creo en la vida eterna y todas esas mierdas religiosas? Eso y que tengo más que asumido que cuando me muera irán a despedirse como mucho, y si tengo suerte y no la cago hacia el final de mi vida con ellos, mi mujer, mis hijos y para de contar. Y vete a saber si en realidad no acuden para asegurarse de que estoy muerto de veras y así poder ir luego al notario a ver si les he dejado algo.
- Esto...
- Pues...
Así que, como ya he acabado con la letanía de los fantasmas navideños, eso y que recuerdo que en el cuento de Dickens el personaje de Scrooge amanece el día de Navidad en su cama convertido en otro hombre más alegre y generoso, un hombre dispuesto a repartir amor y felicidad allá por donde vaya, que al rato aparece en casa de su sobrino cargado de regalos, parabienes, abrazos, besos y toda la empalagosa mandanga al uso, me pregunto a ver qué va a pasar cuando me despierte en el sueño, a ver si me ha cundido lo de los fantasmas y yo también me levanto de la cama imbuido del espíritu navideño de marras. Pero, aunque, en efecto, es 25 de diciembre, Navidad, nlanca y fría Navidad, resulta que nada que nada más despertarme también me acuerdo de que, como todos los putos años, estoy en casa... de mi suegra.
Y colorín, colorado...
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