
Sueño que me dirijo a la oficina de la empresa de import-export en la que estuve de administrativo o así durante durante unos años. Pero, en lugar de encontrarse la oficina donde estaba, yo llegaba al portal de la casa donde viví de pequeño en la Avenida Gasteiz. Ahora, lo curioso es que la acera de la Avenida daba justo al mar como si un muelle se tratara, por lo que servía de playa improvisada para que la gente tomara el sol o se bañara como si estuviéramos al borde del Cantábrico. Luego entraba al portal y me lo encontraba en obras. Entonces un operario me informaba de que habían acabado de instalar el aparato del aire acondicionado para todo el edificio y que tenía la factura colgada en el ascensor. 20.000 euros del ala. Así que subía las escaleras de dos en dos hasta la primera planta donde estaba la oficina y nada más entrar blandía la factura a modo de prueba de mi indignación. Empero, el montante no sólo no escandalizaba a nadie de los presentes, sino que además al dueño del chiringuito y a sus comerciales les parecía pecata minuta. Momento en el que decidían que ya era la hora del almuerzo y me dejaban solo en la oficina al cargo de las posibles llamadas.
Y en eso que, de repente, llegaba otro de los comerciales con los que trabajé durante un tiempo. Un tipo tan entrañable como indolente y desastre en todo y con todo. Alto, flaco, desgarbado en su eterno traje a desmedida, barba cana de cura ortodoxo, un amago de melena lacia por debajo de los hombros y una napia de esas ganchudas como para colgar varias chamarras juntas. Un comercial al que estoy seguro que los clientes le hacían los pedidos única y exclusivamente por las risas que echaban con él cuando les contaba, como lo hacía conmigo, los pormenores de sus azarosa vida sentimental y otras calamidades como consecuencia de una más que notoria querencia a darle al frasco siempre que tenía ocasión.
- ¿Dónde están los demás?
- Pues nosotros no vamos a ser menos. Cierra el chiringuito y vamos a meternos unos pelotazos en el piano bar del hotel...
Era el único comercial con el que no me importa tomar algo ya que, en lugar de pretender impresionarme con sus reiterativas y soporíferas proezas en el mundo de la compraventa al estilo de sus colegas, me divertía más que nada, no tanto con las anécdotas de su descuidada e impredecible cotidianidad en sí mismas, sino por el modo desenfadado, a la vez que apático, de contar estas, como si lo que contaba en realidad no fuera con él, vamos, como si les hubiera sucedido a otro.
- Tú toma los que quieras; pero, yo con un gintonic voy que chuto, que como me vuelva a parar la "zipaiantza" entonces sí que se me cae el pelo.
- Hostia, es verdad. ¿Pero no te habían quitado todos los puntos después de lo de...?
- Sí, como para que no después de estampar mi coche contra la casa de mi ex mujer.
- ¿Y cómo cojones has venido a Vitoria desde Arceniega?
- Pues cómo quieres que viniera, con el de mi actual compañera. (sí, sí, de ahí lo de mi "actual compañera" que uso de vez en cuando para referirme a la señora que ya yace al otro lado de mi cama).
- Lo de la "zipaiantza" sería de lo de menos. Lo malo es que le haga un rayón o algo por el estilo al coche. Pues no es poco cuadriculada ni nada la maestrilla de Zalla con sus cosas.
- Lo increíble es que estés con una tía veinte años más joven que tú y que ésta no te haya mandado ya a tomar por culo siendo como eres.
- Ya sabes, cuando se tiene presencia, estilo, carisma, todo eso.
- Pues ya sabes, un gintonic como mucho.
Al rato J que se empeña en acercarme hasta casa después de haberse ventilado seis o siete gintonics y harbele entrado hasta a una monja que pasaba por allí. Todo esto mientras me contaba por enésima vez su azarosa vida sentimental al completo desde prácticamente la primera vez que se le puso dura con su correspondiente polución a los trece o catorce años allá en su pueblo del valle de Ayala al ver a una vecina dando de comer a las gallinas.
- No me monto contigo ni loco. Y tú tampoco deberías hacerlo.
- Mira chaval, yo me he bajado desde mi pueblo hasta Málaga en un solo día puesto hasta arriba de...
Y en eso que monto y al rato veo, desde una posición imposible más privilegiada, cómo J estampa el coche de la maestra de Zalla contra el piano bar del hotel que hay al lado de la Avenida llevándose por delante la cristalera, al pianista y puede que también a un turista de Minnesota.
- ¡No me lo puedo creer! ¿Otra vez?
- Calla, calla, no pasa nada. Ahora echo hacia atrás y salimos pitando. Aquí paz y mañana gloria.
- Cagüentodo, se me han clavado cristales hasta en las orejas.
- Ya te digo, para habernos matado...
Luego ya me he despertado con este sentimiento de agobio e incertidumbre sin límites que se me queda cada vez que vuelvo de una pesadilla de las de veras tras una noche de esas que son como el acero toledano. Cerveza, sidra, orujo de hierbas, gintonic, alvariño... pues sí, para habernos matado.
Comentarios
Publicar un comentario