Como no podía ser de otra manera esta semana, sueño que el ascensor se para en el piso de abajo para recoger a la vieja beata que probablemente sale de casa para ir a una de las muchas misas a las que acude a lo largo del día confiando en que, a pesar de lo muy hija de puta que ha sido toda su vida y con todo el mundo, tendrá garantizada así la entrada al Paraíso.
- ¿Usted también va a lo del Papa, no?
- ¿Lo de qué? -al principio no caígo porque no ando muy puesto con el tema, luego ya sí, como que no han dado poca turra ni nada durante toda la semana-. No, yo paso, no me atañe, soy ateo.
- ¿Cómo se puede ser ateo en pleno 2026, si hoy en día todo el mundo vuelve a abrazar la fe única y verdadera de Roma como en mis años mozos con el Caudillo?
- Yo es que no soy mucho de creer en personajes imaginarios y todavía menos de confraternizar con los seguidores de la secta que quemó a Miguel Servet por herejía y blasfemia a causa de sus radicales ideas religiosas y científicas desafiando los dogmas de la Iglesia Católica.
Oye, mano de santo, y nunca mejor dicho, la vieja no vuelve a dirigirme la palabra hasta que nos separamos nada más salir del portal. Yo, como esto es un sueño, no sé muy bien hacia dónde me dirijo. Diría que hacía el parque periurbano por el que paseo todas las tardes mientras oteo el horizonte con los montes de fondo y me recreo en la frondosidad primaveral que me rodea bajo un agradable sol vespertino que anuncia un atardecer todavía más delicioso. Sin embargo, apenas consigo avanzar subiendo la cuesta que me lleva hasta el parque dado que tengo que sortear todo el rato una avalancha de personas en dirección contraria. Tanta peña marchando hacia no se sabe dónde que al final me vence la curiosidad y tengo que parar a alguien para salir de dudas.
- ¿Qué hacia dónde vamos todos? ¿En serio no sabe que viene el Papa a la ciudad y hay convocada una misa multidudinaria en el centro?
- ¿Y?
- Y que hay que ir sí o sí.
- Eso le competerá a toda esta peña cristiana católica, apostólica, romana y, ya muy en especial, se supone, practicante.
- ¿Y eso qué importa? ¡ES EL PAPA!
Como intuyo que no merece la pena insistir en el sinsentido de todo esto, procuro seguir mi camino hacia las afueras de la ciudad, donde me digo que además estaré más a gusto que nunca paseando solo subiendo y bajando colinas sin tener que esquivar runners, bicicleros, soplapollas en patinete o cuadrillas de jubilatas en fila de cuatro y más.
- ¿No pretenderá acceder al parque en un día como hóy? -alucino en colores, la primera vez que veo cerrada la verja que da acceso al parque, y todavía más con la pareja de policias municipales que me bloquea el paso.
- Claro que quiero acceder al parque. ¿Qué pasa, pues?
- Pasa que hoy la prioridad para todo el mundo es acudir a la misa que celebra el Papa en el centro de la ciudad.
- Mira, esa será la prioridad de los creyentes. La mía, como no lo soy, es la caminata de todas las tardes para intentar mantener la tensión a raya y así.
- ¿Sabe que con esa actitud nos está faltando el respeto al Papa y a todos los que creemos que Dios es uno y trino?
- ¡Como si es Trinaranjus! ¿Acaso me van a detener por impío, me van a mandar a la hoguera?
Pues te puedes creer que lo siguiente que sueño es que estoy atado a un poste sobre una pila de troncos y paja en mitad de la plaza principal de la ciudad flanqueado por dos desgraciados de tez morena o ya directamente acarbonada en los que enseguida reconozco al senegales que suele vender sus baratijas en la plaza del barrio donde tomamos el marianito los domingos por la mañana y al marroquí que le pasa el costo a mi hijo mayor a precio de delicatessen.
- ¿Y vosotros qué cojones háceis aquí? Ya entiendo, también os van a quemar por impíos; bueno, en vuestro caso más bien por mahometanos.
- Sí, no sé qué de "prioridad nacional"
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