Sueño que estoy en la cocina de casa de mi madre. Pero, no estoy solo, porque resulta que debo ser un guerrillero de la partida de Francisco Longa durante la Guerra de Independencia y parece que en la cocina se han citado éste, ya con sus galones de general, un señorito de muy buena familia de Vitoria conocido como el General Álava, dos generales portugueses y cuatro ingleses entre los que destaca al mando de todos nosotros un tal Arthur Wellesley al que todo el mundo ya conoce por su título de Duque de Wellington.
Sospecho que es la víspera de la que será la famosa batalla de Vitoria en la que el ejército napoleónico con el hermano del pequeño corso a la cabeza y rey de pega de los españoles, siquiera de los llamados afrancesados, Pepe Botella, fue definitivamente vencido antes de salir por patas de la Península dejando su famoso tesoro, vamos, todo lo que había robado, tirado a lo largo del camino que atraviesa la Llanada Alavesa en dirección a Francia.
De modo que el alto mando aliado británico-hispanoluso se ha reunido en la cocina de mi madre para ultimar los flecos de la estrategia para la batalla del día siguiente. Entonces, en eso que Wellington se dispone a explicarnos sus órdenes sobre el mapa desplegado en la mesa de la cocina, aparece mi vieja por la puerta, y, tras saludar a todo el mundo y asegurar que no es necesario que nadie se levante para saludarla, se dirige hasta el fregadero con el único propósito de recoger los platos, echarles un agua y meterlos en el lavavajillas. No satisfecha con ello, la mujer que me trajo al mundo también aprovecha para poner la lavadora que había llenado antes de que llegaran mis invitados a todo volumen. Ni qué decir tiene que tanto el Duque como el resto de mis invitados alucinan en colores; "Nosotros aquí reunidos para preparar la batalla con la que mañana expulsaremos a los gabachos de España dando así la puntilla a la hegemonía napoleónica tras la desastrosa campaña rusa; y esta señora comportándose como si fuéramos un espejismo." Por lo que a mí respecta, en cambio, ni me inmuto, porque, faltaría, ya me conozco el percal.
- ¿De verdad, madre querida de mi entretelas y lo que sea, justo ahora tienes que poner la lavadora cuando estoy reunido con el alto mando del ejército aliado para deliberar sobre tan decisivo desenlace?
- ¿Qué pasa, pues, qué problema hay con que ponga una lavadora?
- ¿Y tiene que ser precisamente ahora que estamos decidiendo el futuro de Europa?
- ¡Ay, chico, siempre la misma murga! Vosotros seguid con lo vuestro que yo no os molesto para nada.
- ¡Cómo que no nos molestas, si es imposible entenderse con el ruido de la lavadora! Estos señores han venido hasta nuestra casa, después de varios años de guerra ininterrumpida contra el francés, con el único propósito de decidir la estrategia para la batalla de mañana.
- ¡Qué batalla ni que batallo, si son sólo unos minutos!
No insisto más porque sé que esa sí que es una batalla perdida, que no hay manera humana posible de que entre en razón, nunca la ha habido. De hecho, eso de estar en la cocina hablando tranquilamente con las visitas, que aparezca ella y que, en vez de sentarse a la mesa para unirse a la conversación, se ponga a recoger la cocina metiendo el máximo de ruido posible para rematar luego la faena poniendo la lavadora a todo volumen ya ahí en plan apoteósico, es algo que lleva haciendo toda la vida.
- Me voy a cagar en...
- ¡Josemari, habla bien, por favor! ¿O quieres que esta gente piense que no te hemos dado una buena educación en casa?
- Lo que yo no sé es cómo no me he vuelto loco todavía.
- ¡A ver si no va a poder poner una la lavadora en su propia casa cuando le venga en gana!
- Por supuesto, por supuesto. Tú pon lo que te dé en gana, total que prisa hay si sólo han sido seis años de guerra sin cuartel.
- Pues mira, igual aprovecho y pongo también el lavavajillas que acabo de llenar.
Menos mal que despierto de la pesadilla antes de escuchar el segundo cañonazo, sudando a chorros porque ya me imaginaba a los gabachos a la puerta de casa tras desbaratar el plan que el Duque, sus ayudantes de cámara ingleses y portugueses, el General Álava y un servidor, pretendiamos elaborar para el día siguiente. Así que, ni corto ni perezoso, sin ni siquiera tomándome la molestia de comprobar si la señora que duerme a mi lado todavía duerme o ya se está cagando en mis muertos, me levanto de un salto de la cama y corro hasta la mesa de mi despacho para abrir el ordenata y meterme en Google con el único fin de comprobar quién ganó al final la batalla de marras, no vaya a ser que... "oh, la, la!'

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