Supongo que lo de anoche tiene que ver con que ayer, mientras me reponía con la ayuda de una cervecica "sin" -hay que cuidarse de cara al fin de semana- de la caminata vespertina de rigor, apareció una pareja de mirlos posados sobre la barandilla de la terraza de casa, la cual me obsequió con la una serenata que en su caso no suele ser tanto un canto como una irritante matraca en toda regla.
Lo de la presencia de pequeños dinosaurios de plumas y con alas en la terraza de casa no es ninguna novedad. Cuando no se trata de mirlos, se trata de gorriones, petirrojos o papargorris que en Asturias llaman raitanes, carboneros, picogordos, zorzales, palomas, urracas que en casa llamamos picazas y mi señora pica-picas, tordos, gaviotas... Y porque vivimos en un octavo y hasta ahí no llegan los pavos reales del Campo San Francisco. De hecho, si es por bichos alados sólo hay que asomarse a la terraza de noche para que te pasen delante de las narices uno o varios murciélagos con el consecuente susto morrocutudo, digo que yo que por culpa de Coppola y otras versiones cinematográficas del mito de Bram Stoker.
Ahora bien, para miedo el que dan las gaviotas, siquiera por su envergadura en comparación con el resto de aves periurbanas, y en cualquier caso gajes de vivir casi que a los pies de la montaña., cuando sales a la terraza y te encuentras de frente a una de ellas y, en lugar de acusar la presencia del depredador más peligroso sobre la faz de la tierra y huir al vuelo, te suelta uno de sus estrepitosos graznidos: te deja helado la muy... pájara.
Así que anoche, prácticamente ya de buena mañana, y como soy de sueño ligero y escaso, saltaba de la cama por culpa de lo que creí reconocer al instante como un graznido de gaviota, si bien que más escandaloso de lo habitual. Como soy de una curiosidad zoológica innata desde canijo, vamos, un enamorado de los bichos, he corrido a la terraza para sorprender al puto pájaro in franganti. Pero, cuál ha sido mi sorpresa, mi pasmo, si no no canguelo en toda regla, cuando al asomarme a la terraza me encuentro de frente posado en la barandilla a un pajarraco de pesadilla, una auténtica criatura del Averno al estilo de las que aparecen en las pinturas de El Bosco. Tal ha sido el susto que hasta he creído ver peligrar mi vida. Suerte que en ese momento aparecía mi señora esposa a mis espaldas, entiendo que alarmada por lo sonoro de mi tan escatológico como blasfemo juramento al ver al bicho en cuestión, y, haciendo alarde de unos conocimientos ornitológicos que desconocía en ella, ponía su ciencia a servicio de mi tranquilidad.
- Tranquilo, se trata de un Zapatero o Picozapato. A pesar de su imponente apariencia prehistórica y su gran tamaño, no es peligroso para los humanos.
- ¡Joder, qué susto! Creo que no voy a ver las noticias en mucho tiempo.
- Deberías, sí, no te vaya a dar un jamacuco cualquier día de estos...

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