Sueño que es sábado por la mañana y toca hacer la única actividad de ocio que una persona decente y sana debería hacer los fines de semana: salir de potes por lo viejo. En esas estamos cuando, de camino a lo viejo, veo que hay concentrada alrededor de la falla de piedra que preside la plaza principal de mi ciudad una multitud de gente, la mayoría chavales con sus padres y hasta abuelos, los cuales exhiben orgullosos los colores del equipo local para celebrar la victoria de los cadetes en su Liga de Honor. Por si fuera poco, en ese momento llega el autobús con los campeones para subir hasta la balconada desde la que exhibirán a su afición la copa obtenida y, ni qué decir tiene, se desata la emoción, alegría, júbilo, entre los presentes. En ese momento, y sin que nadie logre explicarse cómo, como mucho que ante tanto entusiasmo alguien haya empujado sin querer a alguno de los antidisturbios que acordonan a los aficionados, digo yo que por si les da por subirse por los balcones de la plaza o intentar alcanzar a los jugadores para arrebatarles la ropa interior o qué se yo, tanta imaginación no tengo, o sí pero no me apetece ponerme a ello, la policía arremete contra la masa allí concentrada disparando botes de humo, pelotas de goma y a porrazo limpio, vamos, la santa triada al uso de toda la puta vida.
- ¡Pero qué cojones está pasando! ¿Qué ha hecho esta gente para que los machaquen sin piedad?
- Tú no te metas que nos conocemos.
- Cojones no me voy a meter, esa peña recibe su sueldo de mis impuestos y en una democracia de verdad los ciudadanos tenemos derecho a preguntar...
- Ni se te ocurra creerte ese cuento chino.
Pero como sí se me ocurre porque soy uno de esos memos que creen que vivimos de veras en una democracia de corte liberal donde la Constitución de turno nos garantiza unos derechos y bla, bla, bla, voy y me acerco a uno de los uniformados para preguntarle a qué viene tamaño despropósito; joder, que, si bien entiendo lo de calentar a los putos críos a ver si espabilan y van aprendiendo de qué va esto de la vida y tal, lo de emprenderla también con las abuelas ya no me parece tan de recibo; una operación de cadera a la que más daño hace es a la parentela que luego tiene que turnarse para cuidar a la vieja.
- ¿Se puede saber qué...
Pues parece que no se puede saber, no. No porque ha sido dirigirme a uno de esos robocops de provincias y recibir un porrazo en toda la jeta antes de tirarme al suelo entre él y otros dos antidisturbios para luego ya así poder molerme a palos y con alguna que otra patada que me impacta en uno de los antebrazos al intentar protegerme la cabeza.
- ¿Qué te había dicho? -mi compañera sentimental y un colega con el que habíamos quedado para tomar algo antes de viajar al aeropuerto de Loiu para recibir a unos amigos me ayudan a incorporarme del suelo.
- Pero, pero...
- Vamos a tomar algo a lo Viejo y ya verás cómo en un rato se te ha pasado el susto. Total, si ya debes estar acostumbrado de cuando chaval y así. ¿No?
- Hijos de...
Recalamos en un bareto de una de las calles gremiales de lo Viejo donde entre un txikito de cosechero, varios zuritos y unos pinchos de ensaladilla de puerro, pulpo y txarripatas, intento reconstruir la jugada porque todavía no alcanzo a comprender qué ha podido pasar y sobre todo por qué. Esto también como en los viejos tiempos cuando los que nos calentaban a base de bien un fin de semana sí y el otro también eran otros, siquiera de otro uniforme y otras insignias y lealtades, si es que no han sido siempre las mismas.
- ¡Joder, que era una concentración pacífica, deportiva, festiva, de chavales con sus viejos!
- Da igual, ya inventará algo el consejero relacionado con la ETA para justificar el uso desproporcionado de la fuerza esa de la que se saben dueños en exclusiva.
- El caso es que creo que me han fracturado el brazo.
- Tú ponte el brazo en cabestrillo con mi palestino y si hace falta luego ya vamos a urgencias - me sugiere el colega.
- Deja, deja, sólo faltaba echar a perder la mañana por culpa de unos h... Lo único que igual paso de lo ir al aeropuerto a la tarde, no se me vaya a poner peor el brazo.
- Lo que tú veas.
Sin embargo, justo al salir del garito nos damos de bruces con una furgona de los siniestros miembros de las Fuerzas de Desorden, los cuales, digo que yo que sin otro motivo que el palestino que llevo colgado al cuello, salen en tromba a molerme a palos una vez más.
- Supongo que ahora sí que no vienes a lo de la bienvenida de los colegas de la Flotilla -me comenta el colega desde la puerta del bareto cuando todavía estoy en el suelo y los servidores del pueblo no se han vuelto a su furgona.
- Lo que voy a ir es a comisaría a poner una denuncia a estos hijos de...
No acabo la frase cuando el último de los agentes que hace cola para meterse de nuevo en su furgona se da media vuelta, se me viene encima poniéndome la rodilla en el cuello, me esposa las manos a la espalda, y ahí ya no te quiero decir el berrido de dolor infinito que he pegado convencido de que me arrancaban el brazo malherido, para a continuación llamar a dos de sus compañeros con el propósito de introducirme en la furgona de marras.
- ¡NO VEÍS QUE ESTÁ HERIDO! ¡TENEÍS QUE LLEVARLO AL HOSPITAL PARA QUE LO ATIENDAN! - grita la mujer de mi vida y olé convencida de que de no ser así va a tener que bregar para los restos con un marido manco.
De modo que la siguiente imagen que recuerdo de esta pesadilla antes de despertarme con el consabido susto, no ha sido otra que aquella en la que se ve a dos miembros uniformados de la policía que en teoría está para proteger al pueblo, no para reprirmirlo y maltratarlo a la primera de cambio, es decir, como les han debido enseñar ciertos instructores de un estado genocida que todos sabemos y para los que todo ciudadano que no sea de su gusto por la razón que sea es candidato a una somanta de palos sin que ellos se sientan obligados a dar explicaciones de ningún tipo, junto al mostrador de la recepción de un ambulatorio y un bulto humano a sus pies en el que no tardo en reconocerme a pesar de tener la bota de uno de los zip... encima de la cabeza.
- Menuda pesadilla has tenido hoy, ¿eh? - me comenta ya un poco más tarde durante el desayuno la mujer que todavía se resiste a creer que tenemos un problema, y de los gordos, con una policía cuyo sindicato mayoritario es primo-hermano de otros de reconocidas simpatías fascistoides que todos conocemos, y cuyo principal o único cometido no parece ser otro que asegurar la impunidad para los suyos en todo.
- Ya te digo, menos mal que cualquier parecido con la realidad siempre es pura casualidad. ¿O no?

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