martes, 27 de diciembre de 2016

MUCHO MÁS QUE EL NARCO GALLEGO

*Reseña en SOLO NOVELA NEGRA: http://solonovelanegra.com/todo-e-silencio-resena/


“E descubriu un negocio magnifico. Fíxose cun camión cisterna… Non levaba aceite nin viño. Levaba xente! Tiña os seus ganchos, os engajadores, en Portugal. Os emigrantes dábanlle todo o que tiñan para chegaren a Francia. E el, na noite, en calquera monte de por aí, facíaos baixar e berraba: “Xa estades en en Francia, cona! La France, lembrádevos. A correr, a correr!” E nin Francia, nin hostias. Deixábaos ás veces desta parte da frontera, perdidos en calquera monte nevado, sen comida, sen un puto peso, mortos de frío. Un día houbo un choque, un accidente, e non tivero máis remedio que descubrilo, porque ía el ao volante. No cárcere estivo, pero non moito tempo. Ixo xa ninguén o sabe. Non creo nin que haxa sumario. O mal flota ben. Flota como o fuel, baixo a superficie. E tiña un bo escote feito. E socios! Así que cando din que estivo en America, ti ponlle nome a ese país: O Hotel da rúa do Principe.”
Animado por la visión de la excelente serie televisiva NARCOS, donde se cuentan las obras y amores del famoso narcotraficante colombiano Pablo Escobar, busco una novela negra que me acerque a la realidad de esos otros narcos de este lado del Atlántico que fueron los contrabandistas gallegos a partir del momento que decidieron cambiar el tabaco por la farlopa, durante las décadas de los setenta y ochenta. La llamada narcoliteratura no ha sido un género muy prolífico hasta no hace mucho en España. Nada que ver desde luego con la catarata de libros generados por los narcos colombianos o mexicanos, algunos de ellos, como Escobar, verdaderos personajes históricos desde el momento en que sus actos contribuyeron de alguna u otra manera a cambiar el rumbo de la Historia de su país. Aquí lo más parecido al narco sudamericano es el gallego, y con todo siempre son personajes esencialmente locales cuyo glamur no alcanza más allá de un plato de lacón con grelos y una redada en la portada del telediario con su juez en helicóptero. De modo que a la hora de elegir una novela negra que trate el tema, y a pesar de disponer de las excelentes novelas sobre el narco gallego escritas por autores como Carlos Gonzáles Reigosa o Nacho Carretero, ambos periodistas gallegos que previamente han tratado el tema como profesionales de la información, me acabo decantando por Todo é Silencio, de Manuel Rivas. La razón no es otra que la notoriedad que obtuvo la novela de Rivas desde su primera edición en el 2010 y cuyo recorrido ha derivado no sólo en varias reediciones en gallego y castellano, sino también en una película homónima dirigida en el 2012 por el reputado director José Luís Cuerda, e incluso en un proyecto de serie televisiva con Rivas como guionista y que mucho me temo que pretenden que sea la versión gallega de la exitosa Narcos.
Nos encontramos, por lo tanto, ante una novela negra de escritor literario que se aventura en el género como antes hicieron tantos otros con desigual resultado. Pero, por suerte, podemos afirmar que Manuel Rivas no ha caído en la misma tentación en la que cayeron en su momento Juan Benet, Luis Mateo Diez o Juan José Saer cuando quisieron escribir su novela negra con la absurda pretensión de darle una vuelta al género, esto es, de dejar su impronta de escritores de “reconocido halo literario” en un género tradicionalmente despreciado por los de su pasta. Manuel Rivas será un neófito en el género, pero es lo suficientemente inteligente y humilde para no entrar en él como un elefante en una cacharrería, esto es, queriendo poner patas arriba las claves o filosofía de la novela negra sólo para demostrar que ésta es un género demasiado acartonado que sólo unos autores de la talla literaria de Benet, Mateo Diez o Saer pueden enaltecer.
Por fortuna, Rivas no peca de tamaña soberbia y por eso tampoco comete el peor pecado que se puede hacer a la hora de escribir una novela negra por muy prestigioso que sea el nombre que la firma: aburrir. Manuel Rivas escribe una novela negra con una trama ambientada en una localidad ficticia la costa gallega donde uno de esos contrabandistas de tabaco reconvertidos en narcos empieza a ascender puestos en la escala social de su pueblo y provincia a medida que acapara influencia gracias al dinero y el miedo. Sin embargo, el narco gallego apenas será la sombra bajo la que se mueven los verdaderos protagonistas de la historia. Estos serán los cuatro amigos nacidos en el mismo pueblo imaginario: Fins, Leda, Brinco y Chelín, los cuales volverán a encontrarse después de críos y una vez más alrededor de la figura del hombre que controla el día a día de su villa natal y el destino de la mayoría de sus habitantes. La diferencia estriba en que ahora unos están al lado del capo como sicarios y los otros comprometidos de lleno en su captura. Siendo así sólo se puede adivinar un desenlace fatal, si bien me guardaré el cómo y el para quién.
Ahora bien, y sin que esto sirva en realidad para desmerecer el conjunto, la trama que desemboca en ese desenlace es probablemente el ingrediente más endeble de la novela de Rivas. Incluso diría que se le nota demasiado que está más o menos improvisada, puede que llevada casi que a rastras, porque, como suele suceder con tantas otras novelas negras, al autor lo que de verdad le interesa no es la trama sino el contorno, esto es, la descripción del ambiente físico y humano en el que se desarrolla la historia y que es precisamente en lo que Rivas deja su marchamo de reconocido autor literario. Y es que, aunque Rivas se esmera y resuelve con mucho tino las escenas de acción y unos diálogos en los que hasta se le pueden perdonar ciertas licencias literarias, como la de hacer del capo gallego un tipo más ilustrado que la media y por ello casi que un personaje sublimado para lo que eran de verdad estos tipos, piensen en Laureano Oubiña o en Sito Miñanco, en realidad prototipos del nuevo rico hispánico sólo que a una velocidad y con una rotundidad que sólo puede derivar de la falta absoluta de escrúpulos, es precisamente aquello que más lo singulariza como escritor, el aliento poético que impregna toda su narrativa, lo que hace que Todo é Silencio se convierta en una novela negra de altos vuelos.
Rivas imprime de lirismo la descripción que hace del mar como un personaje más de la historia. De ese modo, y sobre todo gracias al ritmo pausado, casi que “saudoso”, crea con su habitual sutilidad unos personajes con demasiada carne, esto es, cercanos, reales. Es ahí donde encontramos una vez más a un escritor no sólo de oficio sino sobre todo de talento para lo que le echen, o se eche él, encima. Qué otra cosa mejor, más elogiosa, se puede decir de un escritor sino que su voz es tan personal, única, que da igual el género al que se adscriba que siempre se le reconoce y hasta es una garantía de que lo que tienes entre manos va a ser de calidad. Una voz que aun destacando por su lenguaje lírico, evocador, o eso que llamo saudoso, la cosa galaica de Rivas en román paladino, no duda en conformar también, a fin de cuentas, una historia de narcos, sicarios y policías, directa, incisiva, por momentos hasta demasiado dura y por lo tanto propia del género. Y qué decir si la novela se lee en gallego -aquí una vez más hay que traer a colación eso que decía Gabriel Aresti, se supone que con no poca coña, de que «Sólo es español quien sabe/ las cuatro lenguas de España»-, la novela en su lengua original, ya que unas pocas nociones gramaticales de poco más de una hora y un buen diccionario no deberían ser obstáculo para acceder a la lengua de Castelao, Cunqueiro, Mendez Ferrín, Rivas…, me atrevería a afirmar que hace que ese gran protagonista que es el mar en calma o en plena tempestad, con todo ese silencio atlántico que parece envolverlo todo, amén de unos diálogos que destilan  morriña y sorna galaicas por todos los lados, se haga acaso mucho más notorio.
De ese modo, y también gracias al reconocible y exquisito estilo de Rivas, evitamos que la historia del narco Mariscal y los suyos, así como la de los policías que lo persiguen, nos resulte todo lo recurrente, es decir, mil veces antes leído, mascado, que acostumbran a serlo las novelas de ese subgénero de la narcoliteratura, donde muchas novelas pecan de excesivo tono documental o periodístico, esto es, catarata de datos y sucesos, la frialdad de la realidad como principal ingrediente, o de algo todavía mil veces peor, de la tentación, inconsciente o no, de caer en la mitificación del capo de turno hasta convertirlo en lo más parecido a un héroe homérico o casi, y Dios me libre de pensar en ninguna Reina del Sur o por el estilo.
Por suerte para todos, Rivas esquiva esa perniciosa tentación de hacer del narco un icono a lo Robin Hood de ocasión, cuyas contradicciones pueden resultar hasta atractivas con el riesgo consabido de que alguien pueda llegar incluso a disculparlo. Rivas lo evita porque subordina la figura del capo a favor de las del resto de los que le rodean, verdaderos peones, no tanto de su jefe o de la justicia que persigue a éste, como de la tragedia que supuso en su momento la existencia del narcotráfico en la zona. Y aun así, la figura del capo es descrita por Manuel Rivas con tanta veracidad en su relación con el resto de personajes, que incluso la hija de Marcial Dorado, un capo real del narco gallego, quiso ponerse en contacto con Rivas para protestar por el retrato que según ella había hecho subrepticiamente de su padre. Una anécdota que una vez sabida no puede sino hacer pensar al que esto escribe que el verdadero o único reproche que se le puede hacer a Rivas como autor de Todo é Silencio, es que no llegara a incluir la correspondiente escena del capo gallego en su yate acompañado de un joven candidato para la Xunta con su correspondiente mancha de crema antisolar sobre el hombro; entonces sí que lo habría bordado, vaya que sí.

LOQUEROS


Decían que era de las carreras que menos salidas profesionales tenían; pero, yo creo que cada día les inventan una nueva. Los ves en cualquier sitio más allá de los manicomios que dicen que no existen aunque todos sabemos que los verdaderos están en los bares. Así pues, te los encuentras en las escuelas, los servicios sociales, los hospitales para combatir hipocondriacos y terminales, en los juzgados en sustitución de los testigos falsos, en los equipos de campaña de los candidatos electorales. Pero, y sobre todo, en la tele, a todas las horas, en todos los programas, delante o detrás de la pantalla, pero siempre hay un siquiatra a mano para hablar de todo porque parece o hacen como si supieran de todo, para repartir obviedades a diestro y siniestro, "educar" al populacho y, muy especial, decirles a los profesionales de cada ramo cómo tienen que hacer su trabajo, ese del que ellos no tienen ni puta idea, claro. Son una plaga, sí, pero no más que la que fueron en su tiempo los curas, simplemente los han sustituido, que cuando no se sabe qué hacer o qué decir, en los momentos más chungos de la vida, llama a padre..., no,mejor al siquiatra, es más "modelno", hablan más bonito y en vez de rezos y penitencias te recetan pastillas o te sueltan una baja, un chollo.

jueves, 22 de diciembre de 2016

ELKARRI MOKOKA


HIRUDIA

Elkarri mokoka

 
2016-12-22 / Txema Arinas
E
zagun dira, oso, idazleen arteko liskarrak, ezinikusiak edo korromioak. Ez da ezer apartekoa, idazleak baitira, ustezko artista gehienekin batera, obsesibokien lan egiten dutenetarikoak. Hortaz, ez da ezer harritzekoa idazle asko eta asko, bere egoa kosta ahala kosta ederresteko, gainontzekoena gutxietsi beharrean egotea. Baina nola edo zertan oinarritzen da idazle bat beste baten lana arbuiatzeko, batez ere beste aditu batzuek aurretik ontzat eman edo goraipatu ere egin duten liburu bat txarra dela esateko? Nik gero eta argiago dut, batez ere nik neuk txartzat ematen ditudan liburuei erreparatuz: erabateko subjektibotasunean. Izan ere, nik badakit ezin dudala esan irakurri berri dudan Luis Garderen Ehiztariaren Isilaldia-k —oso liburu landu eta aurrez hausnartua, baita ikaragarri eder idatzia ere—, sano aspertu nauenik, egundokoa kostatu zaidala bukatzea. Jakina, aurtengo Euskadi Literatur Saria jasotako liburu hau txarra dela jendaurrean esan ahal izateko pisuzko argudioak eman behar nituzke. Halere, eta egia argi eta garbi esanda, nik eman ahal izango nituzkeen argudio guztiak ez lirateke pisuzkoak, ustezkoak baino, hau da, eta gorago esan bezala, erabat subjektiboak. Orain bai, badakit, Ehiztariaren Isilaldia liburu sarituaren gainean plazaratutako aitortza honek nire kontrako hautsak harrotuko dituela irakurri eta maitatu ere egin dutenen artean, horrela sortzen baitira gehienetan idazle, kritikari edota zutabegile xeheen arteko ezinikusiak-eta.

Badago, aldiz, Luis Garderen liburuan, idazleen arteko tirabiren kontura gogoeta egitera bultzatu nauen Zizeronen aipu bat: «Ez dut ezagutu olerkaririk bere burua hoberen jotzen ez duenik». Arazoa da, ordea, hasieran esan bezala, zure burua hoberen jotzeko gainerakoena okerren jotzeko premia duzunean. Joera itsusi hau idazleen artean oso hedatua baldin badago, zer esanik ez poetei dagokienez, ia patologikoa dela esango nuke, erretxin hutsak dira eta. Gogoratu bestela Quevedo eta Gongoraren arteko etsaitasuna, zein errukigabe jokatu zuen lehenengoak bigarrenarekin, hondamendian zegoela haren etxea erosiz kalera bota zezaten. Famatua zen baita ere Rimbaudek Parnasoko poetak tratatzeko zuen ohitura, esan dezagun txistua botaz edo.

Baina nola da posible poeten arteko matraka txatxu hauek hain ugariak izatea, nire ustetan gainerako idazleen artekoak baino hamaika aldiz bortitzagoak? Beraiei adituz datu objektiboetan datzala ematen du, hau da, prosan ez bezala, poesian badaude gutxieneko arau batzuk nahitaez bete beharrekoak poema on bat egiteko. Hau da, poeta txar bat da arauokin huts egiten duena. Alde horretatik, poesian adituek poema kaskarrak berehalaxe igartzen omen dituzte. Poemak isilgordeka egitera ausartzen garen ez-adituek ostera ezin ditugu poeten arteko liskarrak beren heinean edo muinean ulertu. Egia esan, sarri askotan ni bezalako ez-adituak poeten arteko norgehiagoka doilorra hain sarria eta murritza den esparru batez jabetzeko saioa delakoan gaude. Eta askotan, susmoa dut poeten arteko gorabehera guztiok literatura sustatzeko baizik ez direla benaz, edo bestela esanda, poesia kanpotik, edo gutxienez ingurumarietatik, egiten jarraitzeko beste aitzakia bat. Hori da behintzat gogora etorri zaidana oraintsu argitaratutako Muga izeneko lau euskal poeta saiaturen poema bilduma liburuan Felipe Juaristiren Historia poemaren bertso hauek irakurri ahala: «Baudelaire ez zuten kritikoek ulertu./Gaitzaren loreak haien iritzian/demonioek beren maitaleei, aberriko dama jentileei,/egindako opariak ziren,/Verlainek tiro egin zion Rimbaudi eta zauritu./Bi urte eman zituen kartzelan./Ez poesia ez gu ez gara berdinak orduz geroztik».

http://www.berria.eus/paperekoa/1841/024/001/2016-12-22/elkarri_mokoka.htm

viernes, 16 de diciembre de 2016

LOS NUEVOS CRISTIANOS DE CIRILO


Leo que el año que viene ya no habrá toros en las fiestas de mi ciudad, que ninguna empresa acepta las condiciones leoninas que le ha puesto el ayuntamiento para organizar la feria en la plaza de toros, y, aunque en principio es un tema que ni me va ni me viene, hay algo dentro de mí que rechina. Porque no me gustan los toros, nada; pero siento que una vez más y de repente van desmantelando el mundo de nuestros mayores. De hecho, lo primero que me ha venido a la cabeza al leer la noticia ha sido mi padre. Mi padre llevándome a ver el paseillo de los blusas a los toros cuando era un mico, mi padre con el bocadillo para ir a ver los toros y de regreso jurando que no volvería más porque en Vitoria todos los años, y por lo que fuera, que ni idea, las grandes estrellas siempre pinchaban. Mi padre la primera y última vez que me llevó muy de chico a ver una corrida y de la que recuerdo, antes que la repugnancia a la vista de la sangre o el hecho mismo de la muerte de la bestia, el tedio inmenso padecido durante todo el tiempo que duró la faena. Y ni siquiera era un aficionado de verdad y menos aún un enterado, que ni iba todos los años a la plaza ni se desvivía por estar al tanto de todo lo relacionado con la tauromaquia. Empero, para mi padre, como para la mayoría de los de su generación, los toros formaban parte de su mundo, de lo que habían conocido desde pequeños, del calendario según el que transcurrían sus vidas. Y no, nunca se le pasó por la cabeza que fuera un espectáculo criminal, monstruoso, denigrante, como señalan los animalistas. No porque la lidia, como la matanza del cerdo o de cualquier animal de los que él también crió de pequeño en su pueblo para el consumo familiar, o para sacarse unas perrillas, formaban parte de una u otra manera, siquiera ya sólo de refilón, de su vida. Y por eso también sé, porque me lo expresaba de gesto y de palabra, aunque yo no compartiera ni su afición ni tampoco esa concepción exclusivamente utilitarista de los animales tan del campo, que sentía verdadero disgusto, a la par que desprecio, cuando escuchaba las descalificaciones de los animalistas hacia los aficionados a los toros o su condena de la explotación de los animales por el hombre en la opinión de que los derechos de ambos están a la misma altura. Yo lo entendía porque el discurso animalista descalifica a todas las generaciones que han compartido su vida en el campo con los animales y a las que jamás se les pasó por la cabeza que un toro, vaca, oveja, cerdo, gallina, perro o lo que fuera, podía tener los mismos derechos que una persona: los animales podían inspirar distintos sentimientos según la persona y el bicho en cuestión; pero, si eran domésticos era precisamente porque tenían alguna función, utilidad, para la casa, ni más ni menos que como desde el Neolítico hasta nuestros días.

El animalismo lucha para erradicar el sufrimiento animal en la convicción de que ese debe ser el objetivo de cualquier persona de buenos sentimientos que se precie. Lo hace como una verdad revelada y de ahí que aquellos que han visto la luz también empiecen a ver inmediatamente después al resto de sus congéneres como pecadores. Y como es una verdad revelada, y por lo tanto indiscutible, tampoco se pueden permitir el lujo de discutir con aquellos que no ven las cosas como ellos, con los pecadores. Inútil pues rebatirles que el sufrimiento es parte consustancial de la vida, tanto como la crueldad que deriva del modo de explotación de los animales para el consumo humano, una crueldad similar a la que hay implícita en la caza de un depredador cuya naturaleza le obliga a matar para alimentarse. El animalismo establece que no es necesaria esa crueldad, que podemos alimentarnos sin recurrir a la carne, que debemos hacerlo si queremos ser mejor personas. Pero el problema es que la idea de querer ser mejores que los demás, los más concienciados, sensibles y justos con la naturaleza y en especial con los animales, no sólo resulta insoportablemente narcisista, un capricho al alcance de occidentales bien servidos de todo, sino también de una ingenuidad intelectual y de un a prepotencia moral sonrojantes, sobre todo en lo que tiene de darse de bruces con la propia condición humana, cruel, contradictoria, depredadora. Se trata en realidad de esa absurda y aún así recurrente obsesión de una parte de la humanidad a lo largo de la Historia por obligar al resto a que asuma su credo en la convicción de que además lo hace por su bien. Así pues, el animalismo se me antoja la versión actualizada del mesianismo de otras épocas, propio de una sociedad de nuevos ricos que tienen satisfechas la mayoría de sus necesidades y que por lo tanto se pueden permitir el lujo, ya sea de tratar a los animales como si de verdad fueran sus semejantes, ya sea de renunciar a ese gran logro de nuestra civilización, siquiera en nuestro mundo occidental, porque ser animalista y vegano en Etiopía como que no, que es poder acceder al consumo diario de carne que antes era exclusivo de las clases pudientes. Pero huelga todo intento de convencer a los animalistas que por lo menos respeten el libre albedrío de las personas, porque estos, como todo aquel dueño de una fe revelada, no les basta con dar sentido a su existencia defendiendo una causa que según ellos les hace mejores personas que el resto. No, es un movimiento proselitista por naturaleza, por eso no pararan en mientes hasta imponernos a todos su moral, esa distorsionada escala de valores que les permite a muchos desdeñar el sufrimiento humano al ponerlo a la misma altura que el de los animales. La praxis de su lucha no se basa en el convencimiento sino en la imposición mediante la militancia activa contra todo aquello que les disgusta o contradice. Por eso amedrentan a los aficionados a los toros haciendo que la sola idea de acudir a la plaza se les haga cuesta arriba porque nadie quiere ser insultado o señalado, eso cuando no exhiben su demagogia a través de puestas en escena de sus reivindicaciones que simulan defender causas que están a la misma altura de todas aquellas más nobles y reales que ha habido a lo largo de la Historia. Vencerán porque recurren al chantaje emocional con el que provocan la duda del ciudadano del común acerca de lo correcto o no, porque le hacen creer que el progreso es lo que ellos dictan y todo lo que les contradice cosa del pasado, reacción. Los animalistas dictan donde está el bien y en qué nos equivocamos, y sobre todo quiénes somos los malos por pensar como pensamos, esto es, por no pensar como ellos. En resumen, que cada vez que observo cómo imponen sus ideas a la gente de buena voluntad que por mor de no querer ser tachada de lo peor, gente ignorante y/o indiferente al sufrimiento animal, se doblega a su demagogia mesiánica, más Hipatia me siento frente a los cristianos de Cirilo.

*Y todo este rollo por saltarme la hora del paseo vespertino a causa del frío.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

ESATEKORIK EZ




Fundamentuzko esatekorik ez duzunean,
zure burua barrutik hutsik somatzen duzunean,
ordenagailuko pantailan betebeharrak eta zorrak pilatzen zaizkizunean, 
gogoan zenituen egitasmoak banan-banan deseustatzen zaizkizunean, 
etorkizuna gero eta beltzagoa igartzen dizutenean, 
hatzak tekletan lardaskatzen zaizkizunean, zure inguruan dena gaizki ulertuak direnean, arima nonbait eta noizbait galdu zenuela jabetzen zarenean, 
gaurdaino okerrak eta hutsak baizik egin ez dituzulakoan zaudenean, 
orotan hutsaren hurrengoa zarela asmatu duzunean.
Hau guztiau gogora etorri bezain laster, aulkitik jaiki, belusa zabaldu eta hor kanpoan 
euria etengabe ari duela gogoan hartu,
etxean oso bero zaude eta.

jueves, 1 de diciembre de 2016

URTZAROA

HIRUDIA


 
2016-12-01 / Txema Arinas
L
agun izoztua genuen Joseba Sarrionandia; duela 30 urte inguru Martuteneko kartzelatik bozgorailu batean ostendurik ihes egin zuenez geroztik, orduko zuri-beltzeko bizpahiru argazkitan izoztutako idazlea. Gauzak horrela gure eskuetara iristen ziren Sarrionandiaren liburu guztiek zuri-beltzeko jela zeramaten azal hegalean, 80ko hamarkadako lurruna gogora ekartzen diguna halabeharrez. Egia esan, eta deserriko hainbat idazleren kasuan bezala, —Luis Cernuda, Leon Felipe edo Max Aub bezalako 36ko Gerrako espainiar idazle errepublikano erbesteratuenean, esaterako—, Sarrionandiak izugarri zehatz eta txukun jorratzen zituen erbestearen gorabeherak. Halere, Euskal Herriko gauzei buruz idazten zuenean, Sarrionandiaren begiratuak iraganera jo behar zuen ezinbestean, hau da, gure herriko Historiaren zenbait pasartera, Kolosala izango da (2003) liburuan, kasurako; edo idazlearen beraren ume zein gaztetako akordura, Miopeak, bizikletak eta beste langabetu batzuk (1995), Han izanik hona naiz (1992), edo Lagun Izoztua-ren beraren hainbat ataletan. Azken hau ageriagoa izan zen erbestetik Euskal Herriko gauzei buruz gogoeta sakon eta luze bat egin nahi izan zuenean; bere begirada sorterrira luzatu beharrean Marokoko Arrif aldera luzatu zuen eta. Izan ere, Sarrionandiaren inguruan dena izoztua omen zegoen, bere argazkiaren begiratua eta baita euren lana estimatzen ala arbuiatzen zutenena ere.

Oraintsu Kuban egin dioten elkarrizketak eta, batik bat, ateratako kolorezko argazkiak Sarrionandiaren inguruko izotza urtzea lortu dute. Atzerrian 30 urte pasa eta gero, zuri-beltzeko argazkiko idazle zein etakide gaztearekin zerikusirik ez duen gizona deskubritu dugu. Aguretzen ari den ospe handiko idazle bat topatu dugu, edo, agian, zerbait guztiz arruntagoa: kontratu mugagaberik ez duen euskara irakasle atsegin bat. Alabaina, eta Sarrionandiak berak garratz samar esan bezala, argazkiarena espektakuluaren gizartearekiko duen zorra baino ez den aldetik, elkarrizketan egindako hainbat adierazpen izan dira gutako zenbaitzuek idazlearen gainean genituen zenbait jelazko irudi zein iritzi egiatan urtzen lagundu digutenak: «Bake prozesua beharrezkoa zen, eta hogei urte lehenago egin izan balitz hobe, nire ustez, desgrazia pila bat izango genituen gutxiago». Baina zer dela eta gertatu da hori, ez baldin badu ezer apartekorik esan, ez bada euskaldun asko eta askok aspaldidanik uste izan duguna baizik? Argi eta garbi esango dut, ni bezalako askorendako Sarrionandiak, behinola ETAkoa izateari utzitakoan ere, 80ko hamarkadako zuri-beltzeko etakidea izaten zirauelako, sentiberatasun bakar eta oso zehatz baten aldekoa, haren liburuetan ETAk eragindako sufrimendua sekula aintzat hartu ez zuena; badakigu, inkisidoreen huskeriak eta 30 urteotan Sarriidolo edo mitotzat hartu dutenendako bekatu larria.

Zorionez, delako elkarrizketak, niri behintzat, Iurretako idazlearen inguruko leia urtzen lagundu dit. Gaur sekula ez bezala Sarrionandiaren hitzok uler ditzaket euren neurrian: «Euskal gaiagatik detenitzen zuten jendearen gehiengoa torturatzen zuten sasoi hartan, nire ustez. Eta ez zekitela esaten dute batzuek, torturatuen aurpegiak argitaratzen zituztenean prentsan! Normala zen, eta urterik urte izan da ohikoa tortura». Sarrionandia, ETAren biktimen zorigaiztoko burugabekeriarekin batera, gure artean pairatu dugun beste batez ere ari da. Gauzak horrela nola ez gogoan hartu Sarrionandiaren lekukotza, beste ikus/pentsamolde ezberdineko euskal idazle batzuenarekin batera, premiazkoa dela denok azken hamarkada hauetan bizi izan garen Euskal Herri izoztutik ezari-ezarian sortzen ari den lurmenean.

http://www.berria.eus/paperekoa/2415/033/002/2016-12-01/urtzaroa.htm