lunes, 22 de enero de 2018

SAN ESTEBAN DE PRAVIA


Ayer me llevó T a conocer San Esteban de Pravia, en la margen izquierda de la Ría de Pravia, en la desembocadura del río Nalón en el mar Cantábrico. Se trata de una villa que sufrió un gran auge y crecimiento desde finales del siglo XIX hasta mediados del XX ya que fue utilizado como puerto industrial para dar salida al mar al mineral de carbón extraído en los valles mineros de Mieres, Aller, Riosa, Teverga, Quirós, Cangas del Narcea y Tineo, entre otros. Y hoy en día, como en tantos y tantos otros lugares de Asturias, apenas una reliquia del exuberante pasado industrial de la región.

Me encanta que T todavía me lleve a conocer estos sitios y sobre todo en invierno, la mejor época a mi juicio para visitar la costa asturiana ya vacía de las hordas que acuden a ella tras el reclamo del Paraíso Natural. Me encanta conocer estos enclaves que me obligan a imaginármelos en su época dorada, en pleno frenesí extractor del mineral que dio origen a una de las páginas ya periclitadas de la Historia asturiana y que ahora tiene el irresistible encanto de eso que llaman arqueología industrial. La región está repleta de ellos y sus autoridades han procurado sacarle una rentabilidad turística con mayor o menor éxito, sobre todo en las Cuencas donde hay varios museos de la mina que atraen a miles de personas al año.

Luego ya resulta difícil imaginarse como se sostiene la vida de los que todavía viven en estas zonas en apariencia tan apartadas y volcadas ya irremediable y casi que exclusivamente al sector servicios. No lo sé, después de estar en el lugar recopilo toda la información que puedo y escribo estas notas que luego irán al blog y puede que un futuro relea ahí mismo.

En cualquier caso, una mañana de sábado deliciosa caminando en familia, nuclear, donde siempre eres tú y no la versión que otros tienen de ti, o más bien les interesa, sean quien sean, y más que nada porque así suelen ser las relaciones entre al fin y al cabo extraños y no hay que darle más vueltas al asunto.

Como había que celebrar la ocasión de estar juntos y disfrutones, tocó arrimarse al restaurante que hay al final de la ría, Puerto Chico, un local que podría pasar por un chiringuito con pretensiones y la verdad que las cumple con creces. Delicioso el carpaccio de pulpo, las berenjenas rellenas de centollo. El arroz con calamares en su tinta, que decían el plato estrella de la casa, no estaba nada mal. También yo soy de muy conformar, me hago a todo siempre que esté bien hecho, con cariño. Otra cosa es que la tinta del calamar en Asturias la hagan prácticamente tal cual, nada que ver con la que hace mi madre con su cebollica, sus pimiento choricero y un poco de salsa de tomate casera. El sabor de la tinta aquí conserva toda su potencia marina, lo cual, mezclado con el inevitable alioli, da como resultado un pelotazo salado de no te menees. Nada que no arregle, o algo así, la pastilla para la tensión.

Como buena parte del malecón junto al restaurante estaba cubierta de piedras, troncos y ramas que el temporal había depositado ahí en los días anteriores, le preguntamos al camarero, medio en veras, medio en broma, si no habían pasado miedo. Él nos confesó que sí. Sobre todo de ver arrasado el chiringuito porque había habido olas de hasta quince metros y más. ¿Una exageración? Da igual, ojalá lo fuera porque creo firmemente que esa debe ser la obligación de cualquiera al que se le pregunta por estas cosas: exagerar todo lo que pueda. Ayuda a hacer la vida más interesante. Lo contrario, atenerse a la realidad de los hechos es cosa de moñas, gente con mentalidad de notario o de médico de hospital.

Pues eso, que muy bien y muy contento de que mi señora me lleve de excursión. Anda que no hay sitios todavía para descubrir en el paraíso natural e industrial.

domingo, 21 de enero de 2018

MAITE DITUT, MAITE



Maite dut, maite, Asturias barreneko txokoak-eta bisitatzea negu partean batik bat. Izan ere, Asturias errotik eta gogotik ezagutzeko arorik egokiena delakoan nago. Batez ere udaroko turista oldeak euren kubazoloetara buetatutakoan. Nola gozatu bestela Cuideiru bezalako itsas herri eder bat ez baldin badago uda partean jasagaitza egiten duen ibilgaitz egiten duen girotik hutsik, hau da, opor garaian txankleta eta praka motzen indarrez hartzen duen bozkario burrunbatsu trauskiletik libre. Zer esanik es neguko zidarrezko zeruaz Kantauri kostaldean itsasoarekin bat egiten duenean; ezin dut ezer ederragorik asmatu, oztina eta itsas urdina bat egiten direnean.

Maite ditut, maite, itsas herriak (erdi)hutsik euren kale, plaza edota txokoetan barrena gogara ibiltzearren. Kresala beti ere oroimenean, txikitako opor ahaztuezin haiek, Kantauri itsasoa beti nire bihotzean, hainbat kantu goxo, goibel, zirraragarri nire gogoan, malenkolia mintzen ez duen gaitz bakarra.

Maite ditut, maite, urtarrileko olatu harroak, bortitzak, zakarrak ere bai. Maite eta errespetatu ere, noski, bizitzaren joan-etorri zoro zentzubakoa, harkaitzen kontra oldartzen diren Neptunoren zaplasteko apartsuak, edertasuna arriskuarekin nahasten denean, ohiko instinto doilor kaltegarriak baretzen dizkidan neurrigabetasun urtsua.

Maite dut, maite, nire bakardadea konpartitzea niretarrekin ohiko konpromiso asper/nekagarrietatik libre, maiz inguratzen gaituzten gertuko arrotzen aurreko komedia alde batera lagata, betiere gure burua ezkutatzera behartzen gaituen gizalegeari ordu batzuez muzin eginez.

Maite ditut, maite, nire nahi eta gogoak nire egiten dituzten bazter lanbro guztiak.

viernes, 19 de enero de 2018

Ilustres Olvidados

He aquí un articulico que he escrito para la revista cultural Zubyah, de la asociación Punica Granatum,A.C, sobre los autores olvidados que en su tiempo supusieron un repulsivo, acaso sólo un amago de, en esto de las letras hispánicas: https://punica.es/ilustres-olvidados/



Es ya casi un lugar común que la edición contemporánea de libros de literatura pura y dura, esto es, aquellos que, en lugar de adscribirse a cualquiera de los géneros existentes, pretenderían trascender en el juicio y la memoria del lector por sí mismos, parece ser cada vez más limitada y uniforme. Dicho de otro modo, parecería que la industria editorial ha decidido apostar única y exclusivamente por lo seguro. Nada de experimentos, de apuestas arriesgadas que tanto pueden espantar al lector como cautivarle, nada de romper moldes sino más bien seguir un camino más o menos trillado. Dicho de otro modo, la mayoría de las novedades literarias de hoy en día están muy bien escritas, y sobre todo cumplen a la perfección con una regla que se ha vuelto de oro: no aburrir al lector. En efecto, podrán gustar más o menos por su temática o por su estilo, pero los escritores actuales procuran hacer todo lo posible para retener al lector en su texto, esto es, para no espantarlo con una prosa excesivamente alambicada o puramente conceptual. En resumen, la literatura que vemos hoy entre las novedades de los escaparates es una literatura que se entiende a la primera, que no plantea retos, luego ya allá cada cual con su filias o sus fobias.
¿Cuál es entonces el problema? Pues que algunos tenemos la impresión de que la literatura actual se ha vuelto demasiado conservadora en sus propuestas, tan convencional en su escritura, tan complaciente con el lector, que si uno echa la vista atrás y recuerda a las grandes figuras que han protagonizado la Historia de la Literatura en castellano -y digo en castellano y no universal con el único propósito de limitar el campo de acción de esta reflexión- empieza a tener la sospecha de que incluso autores como Ignacio Aldecoa, Luis Martín-Santos, Juan Rulfo, Juan Benet, Juan Goytisolo, Alejo Carpentier, Ignacio Aldecoa y tantos otros (y no, no he citado escritoras porque las más destacadas de su época como Carmen Martín Gaite, Carmen Laforet o Ana María Matute, Soledad Puertolas, etc, se me antojan tan originales como perfectamente homologables a la tendencia del texto claro, directo y sugestivo que juzgo en boga en la literatura de nuestra época; a saber si porque era denominador común en ellas darle más importancia al contenido que a la forma, esto es, a diferencia de sus coetáneos masculinos y, sobre todo, a riesgo de quedarme atrapado en el prejuicio sexista) hubieran tenido grandes problemas para publicar en estos días sus obras más representativas. Insisto, es una sospecha, un prejuicio incluso; pero, me cuesta imaginar hoy en día un editor lo suficientemente arriesgado, a la par que verdadero amante y defensor de la Literatura en mayúsculas, capaz de publicar, siquiera en una editorial de cierto fuste o grandes tiradas, un libro tan críptico y simbólico como Pedro Páramo o cualquiera de los dedicados a Región por Benet con sus frases interminables, su prosa concienzudamente alambicada, su pujo por dar una vuelta de tuerca en cada página con el único fin de hacer todavía más impenetrable el texto y, por supuesto, su reconocido desprecio, vamos a adjetivarlo que de olímpico, por el lector medio.
Con todo, estamos hablando de las grandes figuras de nuestra literatura contemporánea, aquellos que la blasonan ya para los restos aunque sean pocos ya los que los lean o, lo más lógico, que sigan siendo los mismos, los cuatro gatos escogidos con los que el mismo Benet decía que se conformaba.
Y si esto podría ocurrirles hoy en día a los grandes nombres de nuestra literatura, qué decir de aquellos que en su momento tuvieron cierto predicamento con sus propuestas literarias tan personales, tan contra corriente incluso, y que, sin embargo, no tardaron mucho en pasar al olvido una disipada ya eso que decía Boris Vian de la “espuma de los días”, esto es, la época en la que protagonizaron portadas o cupieron páginas enteras de los suplementos literarios de moda o las revistas de prestigio del ramo, incluso olvidado ya el eco que obtuvieron los premios de relumbre que les concedieron sus editores para proporcionan una obra en la que entonces confiaban poco más que a ciegas y de ahí la insistencias en publicar sus obras a pesar de los escasos réditos económicos que obtenían con ellas. La lista de estos autores sería interminable, por lo que yo he escogido dos de signo muy contrario. Me refiero a los españoles Miguel Espinosa y José María Riera de Leyva, dos escritores de estilos muy diferentes, casi contrapuestos, pero que pertenecen al grupo de los que en su momento tuvieron gran éxito de crítica y una relativa aceptación por el público, puede que en respuesta a los premios que les concedieron con el evidente fin de promocionar su obra o la cobertura mediática que reciben por los medios especializados, pero cuya propuesta literaria es tan original, tan personal, que prácticamente los condenan a la categoría de escritores de culto y casi que también al olvido, pues sólo hay que ver la dificultad a la que se enfrenta el lector curioso para conseguir cualquiera de sus libros.
Miguel Espinosa fue un novelista y ensayista nacido en Caravaca de la Cruz (Murcia) el 4 de octubre de 1926  y muerto en Murcia el 1 de abril de 1982. Muchas de sus obras se publicaron años después de ser escritas; algunas, incluso, de forma póstuma. Sus novelas más significativas fueron La Fea Burguesía (1990) y Escuela de Mandarines  (1974, Premio ciudad de Barcelona). Ambas novelas tienen como tema principal la crítica a la burguesía española del franquismo tardío, un retrato despiadado de una sociedad de trepas y caciques de medio pelo que destacan por su vulgaridad y miseria moral. La narrativa de Espinosa se diría que es la de un “escritor intelectual”, un amante de lo clásico, él hasta se tildó en su primer libro, Asklepios (1084), como “el último griego”, alguien que pretende ver el mundo que le rodea desde una atalaya sobre la extiende su peculiar mirada de hombre nacido a destiempo. De ese modo también, su escritura puede pecar en un primer momento de un exceso de clasicismo que se evidencia en el arcaísmo de buena parte de su lenguaje; pero, puede que también por eso mismo, por ser la mirada de “el último de los griegos”, Espinosa se resiste en todo momento a ofrecernos las cosas tal como las ve sino como prefiere interpretaras de acuerdo con esa mirada para la que casi todo está en los clásicos porque, al fin y al cabo, el drama que nos ofrece ya ha sido escrito mil años antes con otros nombres y otros escenarios. Es por eso que al final Espinosa se decanta por el experimentalismo, tanto en el lenguaje como en la estructura. Crea un estilo muy propio, una voz de otro tiempo que recurre a cambios de punto de vista y todos esos fuegos de artificio, un vocabulario más o menos arcaizante, nombres de personajes o sus seudónimos, definiciones y complicaciones sin cuento. No se puede leer a Espinosa como un simple testimonio de una época y un lugar, no es un retrato de realidad alguna, es la enésima interpretación completamente subjetiva de alguien para el que la realidad, la historia que supuestamente tiene entre manos, apenas es otra cosa que una escusa para interpretar el mundo a su manera. Una interpretación que puede resultar a ratos excesivamente personal, extravagante incluso, demasiado discursiva y hasta deformada; pero, eso sí, siempre propia, original, una voz que se eleva de entre las demás para relatar una historia que gracias a la escritura de Espinosa trasciende su época y lugar para convertirse tanto en universal como en intemporal. Y eso es lo que hace precisamente que trascienda la obra de Miguel Espinosa, porque puede que no haya tenido todo el eco que merecía y merece, puede incluso que su propia factura tan personal haya impedido que así sea, puede que, como bien he señalado al principio, los tiempos que vivimos no sean precisamente muy propicios para las voces que desentonan del coro en boga, puede que ya no haya lectores sino simples consumidores de novedades; pero, la obra de Espinosa sólo se parece a sí misma y por eso es única e intemporal.
En el caso de José María Riera de Leyva, (Almería, 1934), en 1959 recibe el premio Sésamo de novela, en 1970 publica  la obra  En el otro paísLejos de Marrakech (1991), Premio Herralde de Novela con  Aves de paso (1993) y Una cerveza en Kenia (1995)encontramos ciertos paralelismos en cuanto a la suerte de su obra, ambas son breves, de apenas tres o cuatro libros, ambas fueron alabadas por la crítica en su momento y recibieron premios que les dieron cierta repercusión, ambas también parecen haber caído en el olvido por culpa precisamente de aquello que las hace únicas, son demasiado personales, demasiado a la contra de aquello a lo que el mundo editorial parece haber acostumbrado al lector medio, demasiado imprevisibles y puede que sólo un poco impenetrables para un lector poco o nada acostumbrado al esfuerzo, siquiera ya sólo para el lector acomodaticio que quiere saberlo todo del libro que tiene entre manos antes de ponerse en serio sobre él. Sin embargo, la narrativa de Riera de Leyva no puede ser más distinta de la de Miguel Espinosa, casi antagónica. Todo lo que en Espinosa es búsqueda de la excelencia semántica y vueltas de tuerca de todo tipo, en Riera de Leyva es una apuesta estética por lo exquisito de la sencillez, la brevedad, y sobre todo la confianza en el diálogo conciso.
La escritura de Riera de Leyva es un ejemplo límpido de concreción sintáctica o economía narrativa. Apenas unos pocos trazos descriptivos de personajes y escenarios. Todo lo demás se resuelve a través de diálogos largos pero de frases breves, en escenas resueltas al modo más cinematográfico que uno pueda concebir. Riera de Leyva es un escritor de atmósferas en las que apenas se concreta el lugar donde se desarrollan las historias y el tiempo parece suspendido, los protagonistas están siempre de paso o a punto de levantar el vuelo, los sucesos acontecen de improviso, sin causa aparente, o apenas suceden. En los libros de Riera de Leyva se recrea un mundo de personajes que parecen vivir en los márgenes de la sociedad o a espaldas de ésta, y no precisamente porque se vean condenados a ello por su origen o la mala fortuna, sino más bien por propia convicción, son vagabundos o solitarios por elección. Pero sobre todo son personajes al margen de las convenciones sociales de su época y sociedad, dedicados en exclusiva a vivir el día a día, en algunos casos sin otro quehacer que la pura contemplación y sin que ello implique estar varado en el mismo sitio, Más bien todo lo contrario, los personajes de Riera de Leyva se están moviendo constantemente. O por lo menos cambian de escenario sin que ello les suponga mayor trastorno porque su principal o único apego, las únicas ataduras que tienen, no son como las del resto de sus contemporáneos, no, las decisiones que toman lo son en exclusiva como resultado del ejercicio puro y duro de su voluntad. Los personajes de Riera de Leyva son libres como pocos pueden serlo, nada les ata ni atan a nadie, sólo se dejan llevar por los acontecimientos y además los enfrentan sin excesivos desgarros, da igual que pierdan el amor de su vida o se arruinen de un día para otro, se diría que son verdaderos epicúreos. Por lo demás, el efecto que provocan las novelas o relatos de Riera de Leyva en el lector no puede ser más desasosegador, a veces excesivamente frío o inquietante, y no tanto porque las historias apenas se resuelvan o no lo hagan de modo alguno, porque todo quede como suspenso, sin saber qué fue o será de los protagonistas, como si en realidad todo fuera apenas un mero episodio de la vida de cada uno para el recuerdo, sin que en realidad parezca que haya ocurrido algo susceptible de ser narrado de verdad. En efecto, desasosiego porque la escritura de Riera de Leyva también es una manera harto personal de interpretar la vida, de contarla en lo más imprevisible o intrascendente de ésta, a menudo también en su lado más absurdo. Desasosiego que no es otra cosa que lo que trasmite la atmósfera de verdadera calima existencial que envuelve las historias de Riera de Leyva y de ahí lo muy personal, original, yo diría que hasta iconoclasta, de su obra; también se puede escribir sin contar nada o casi nada, basta con desnudar personajes o atrapar momentos, con poner luz e imágenes a las vidas de otros vistas casi de que de lejos, quizás a través de una cámara en exclusiva.
Con todo, y al igual que ocurría con nuestro anterior escritor, Miguel Espinosa, Riera de Leyva ha sido un escritor con cierta aceptación de crítica y también con la del público que le correspondió en su momento como consecuencia de la cobertura mediática resultante de publicar en una editorial de las tildadas entre las grandes como Anagrama y recibir además el empujón de su principal galardón. Dos escritores, por lo tanto, dueños de sus respectivos mundos literarios, tan únicos y sobre todo perfectamente reconocibles, los cuales, podrán gustar más o menos al lector según le pille su estado de ánimo o lo que busque entre los libros; pero, suficientemente interesantes como para formar ya parte de la Historia de la Literatura, siquiera ya sólo española o en castellano, con todas las de la ley.
Y sin embargo, ahí están los libros de ambos, relegados al olvido de los almacenes de las librerías especializadas por las nuevas tendencias editoriales, ya como mucho resignados a ser preciados objetos de deseo de cazadores de excentricidades literarias o simples lectores aburridos, hastiados, ante lo que les ofrece el mercado editorial actual. Autores que merecerían ser rescatados, y no digo sólo reeditados, sino simplemente puestos a la vista del lector de la manera que se considere oportuno en el gremio, siquiera ya sólo para compensar o saciar ese hartazgo ante tanta inanidad literaria, cuando no simple conformismo, entre las novedades de la librerías.


Texto © Txema Arinas García. Todos los derechos reservados. Publicación © Zubyah. Todos los derechos reservados.

LIMERICK


Galwaytik gentozen asteburu pasa Dublin alderantz; baina, errepide zuzenean barrenean egin beharrean Limerickera zihoan bidetik egin genuen Shannon ibaiko hiria ikuste aldera. Ez zitzaigun batere gustatu bidaide eta zerbait gehiago nuen oihartzundar neskato eta bioi, batik bat "esan nau" edo "eman zaitut" bezalako adizkeren bitartez nire belarri ikastoleroa etengabe egurtzen zuen gipuzkoar euskaldunzaharrari. Hiria labezomorroa baino itsusiagoa begitandu zitzaigun. Hiri ilun eta hitsa, etxeetako adreilua eta hormigoia nagusi, kale zimelak, etxe apalak, orubeak edonon, kaleek gogoratzen ziguten XIX mendeko Liverpooleko langile auzoen irudi etsigarria. Hori izan zen, jakina, eliza harroak. Hura izan zen hogei urte inguruko gaztetxo listopasatu batek lehen begiratu batean hartu zuen inpresioa Limerickeko kaleetan barrena. Ez omen zegoen ezagutzeko, bisitatzeko, erakartzen gintuen ezer; ibaiaren inguruko ibilbidea kenduta, halabeharrez. Eta gutxi ez balitz bezala ere, ez dakit nik zegoeneko irakurria banuen Frank McCourten Angela´s Ashes liburua nire zirrada guztiz okerragoa, ilunagoa izen zedin. Handik lehenbailehen ospa egiteko eskatu nion oiartzundar kakanarru kaskagorriari. Hiri ertainekoak garen gazteak gure bezalako hiri ertainez asper-asper egon ohi ginen, guzti-guztiak Frauberten probintzia beltza iruditzen zitzaizkigun eta. Zer esanik ez, beraz, gureak baino txikiagoak ziren hiriei buruz. Ezin genuen gure burua irudikatu Durango, Tolosa edo Miranda de Ebro bezalako hiri txiker batean bizitzen; Gasteiztik ihesi irten ezkero betiere Madril bezalako taxuzko hiri potolo batera edo, gehien jota, gurea baino pitin bat koxkorragoak izaten ziren kostaldeko edozein hiritara. Bilbok balio zigun, noski. Bilbo itsasotik hurren zegoen eta. Dublin hiriak berak Bilboren antz handia zuela esaten ziguten Bizkaiko hiriburua ezagun zuten lagun irlandarrek; guk biok ordea muzin egin ohi genuen behingoan. Edonola ere, Limerick holaxe begitandu zitzaigun, horrenbestez ihes egin genuen berehalaxe.

Haiek izan ziren ordea hogei urte inguruko mutiko baten gogoetak, hau da, edertasuna ohiko tokietan ikusteko baino prest ez zaren adinean. Gaur egun edertasuna edonon dagoela badakit, batez ere gauza xeheetan edota, hobeto esanda, xehetasunetan. Gaur Limerickera itzuliko nintzateke eta ziur nago ederra begitanduko zitzaidakeela, edertasuna nonahi topatzen ikasi baitut hein handi batean, edo hori da behintzat nite ustea.

Hauxe da nolabait gogora eta oharkabean etorri zaidana Dolores O'Riordanen hainbat kantu entzuten ari nintzelarik, baliteke batik bat "When You're Gone."

¡QUÉ HACER CON UN CHARLATÁN CRIMINAL?




-¿Qué hacer si te encuentras a Txumari Alfaro ahogándose en un río?

Nada. Si la Madre Naturaleza lo tiene a bien hará que flote, si no que se joda.

-¿Qué hacer si te encuentras a Txumari Alfaro desangrándose en mitad de una carretera porque lo ha atropellado un coche que se ha dado a la fuga?

Nada. Que tome conciencia de su atropello, reúna fuerzas y llame él sólo desde su móvil al 122.

-¿Qué hacer si te encuentras a Txumari Alfaro en mitad del bosque siendo sodomizado por un jabalí?

Nada. El animalito también tiene derecho a disfrutar de la vida.

-¿Qué hacer si te encuentras a Txumari Alfaro en mitad de la calle o en cualquier otro sitio.

Como mínimo llamarle charlatán, estafador, gilipollas y mala persona.

jueves, 18 de enero de 2018

NEKEA ETA KEXA


Bart bukatu nuen duela bi urtetik hona tarteka-marteka, eta nire beste zereginei denbora lapurtuz, euskaraz eta eskuz idazten ari nintzen nobela, lau kaier zirriborratuak bost lagunen gorabeherekin nerabezarotik euren adin onera eta aspaldi ezagututako lagun baten erruz euren adiskidetasuna kolokan jarri zuen ETAren atentatu bat tartean. Bospasei pertsonai, guk ezagutu dugun euskal gizartearen bospasei errelatu/erretratu.

Bukatu nuen, baina ez nuen aparteko ezer sentitu, bozkariorik ez behintzat gainerako edo behialako nobelekin suertatu bezala. Gehien jota gainetik kendutako zamaren arindua, gure aitak umetan emandako aholku/aginduari jarraituz bukatu baitut: "hasten duzun oro amaitu beharrean zaude, ez utzi inoiz ezer erdi-merdi!"

Bukatu bai, zertarako jakin barik ere, badudalako aspaldi idatzitako euzkarazko ipuin sorta bat, euskal letreetako lagun on batekin zuzendua eta lagun on horren bitartez euskarazko argitaletxe batera bidalia, eta jakin badakit, sumatu bainoago, ez duela inolako aukerarik, ibilbiderik, denbora asko pasa egin baita berririk gabe, nabarmen da ez dela argitaratzeko egokia, gainerako hainbat euskarazko argitaletxek lehenago argi eta garbi esan bezala: ez zaie atsegin idazten dudana, agian ez zaie komeni ere, baliteke ere oso txarra, eskasa, ezdeusa izatea, hori ere gogoan hartu behar dut, nork bere irizpide literario-ideologikoak ditu eta beldur naiz ni inorenekin inondik inora moldatzen ez naizen.

Edonola ere, ez dut uste lau kaier horiek garbira, ordenagailura, aldatuko ditudala, tiraderara doaz artez. Nik ez dut lekurik euskalgintzan, euskalgintza bera ere ez dut nik oso estimuan salbuespenak salbuespen. Eta ez dakit zer dela eta, ez baldin bada euskara maite dudalako, ekiten diodan euskaraz idazteari, batez ere aintzat hartuta euskalgintzaren nondik norakoak gero eta meharragoak, baita arrotzagoak ere, begitantzen zaizkidala. Sobera zaudela asmatzen ere jakin behar duzu nahitaez.

Jakin ez dakit ere zer dela eta hau guztiau hona dakardan, baina nora bestela, hau bilakatu egin baitzait arinbide bakarra. Bestalde, aitor dut ere nork bere kolkoari begiratzen diola beti, hau da, kexontzia beti kexontzi...

MISERABLE




Hace ya un buen rato mientras me tomaba un café, empiezo a oír a mis espaldas el rapapolvo que un tipo que le echaba a un crío al que, claro está, he supuesto su hijo: "Que sea la última vez que os tengo que levantar a gritos, en qué cabeza cabe, si es que donde no hay no se puede sacar, cuando yo digo que hay que hacer una cosa se hace y punto." Un padre como cualquier otro con su discurso, no por rancio, menos habitual. Sólo que acaso un poco fuera de lugar, porque era obvio que era una bronca en diferido, Y por eso y sólo por eso, aunque puede también por ser la cafetería un lugar público con la consecuente humillación añadida para el chaval abroncado, también un tanto violenta para un servidor. Pero claro, el padre está en todo su derecho, que anda que tú no has usado a veces expresiones parecidas, si bien que sólo en caliente y arrepintiéndote al instante del tono usado. Pero, qué se le va a hacer, al guaje objeto de la regañina le ha tocado un padre gilipollas y eso es todo, a apechugar toca, en familia.

No obstante, el tipo sigue continúa con su reprimenda y lo que oigo me hace cambiar completamente la perspectiva del asunto: "Eso lo haces cuando estés con tu padre, conmigo ni se te ocurra volver a llegar tarde al colegio, conmigo es oír una palabra de mi boca y poneros todos firmes, lo que hagas o dejes de hacer en casa de tu padre me lo paso por el forro de los cojones." Y sí, en efecto, ya no era cosa entre un padre y su hijo, ya era un tercero, alguien en vete a saber qué tercer grado de extrañeza, que estaba amedrentando a un crío a su cargo y por lo que fuera, alguien que hacía uso desmedido de su autoridad sobre una persona a la que no le unía vínculo biológico alguno y por lo tanto, sospecho, todavía menos legal.

Así que no he podido evitar darme media vuelta para descubrir qué elemento es capaz de hablarle de esa forma a un niño que no es su hijo, esto es, a una persona sobre la que como mucho tendría tener una autoridad delegada, esas que siempre se deben ejercer con guante de seda por principio. Y lo he hecho, lo reconozco, embargado por la furia que me suele embargar en este tipo de asuntos, esa que, aunque yo lleve décadas sin ponerle la mano encima a nadie, otra cosa es intercambiar algún que otro improperio con el hideputa de turno, siento que me haría feliz si tuviera la ocasión de, por lo que fuera, coger al tipo del pescuezo y estamparle la cabeza contra la mesa repetidamente hasta dejarle el rostro irreconocible a ver si así le daba por cambiar de vida o cuanto menos de actitud ante ésta. Pura fantasía, porque ya digo que hace décadas que no me doy de hostias con nadie y tampoco lo busco ni me agrada especialmente. Creo que la última hostia que he repartido, porque recibir parece ser que todavía estoy a falta de unas cuantas de ellas, dicen por ahí, se la llevó uno de mi cuadrilla hace casi treinta años, de la cuadrilla extensa me refiero, la de para el bebercio en manada, no esa otra de íntimos de toda la vida y así, porque me estuvo importunando toda la noche física y verbalmente, me temo que porque pensaba que había tenido un algo con su chica, que ya digo que no, pero ello, cuando a uno se le mete en la cabeza una cosa, pues que al final se la tienes que quitar de una hostia a ver si te deja de dar el coñazo con sus pajas mentales y sobre todo de amagar soltártela él primero después de obsequiarte con una sucesión de patadas y empujones en plena jarana etílico-festiva. El caso, que se me va la pinza, para variar, es que menos mal que uno está más o menos civilizado y es consciente del abismo que va de entre lo que imagina cuando le hierve la sangre y lo que sería capaz de hacer llegado de verdad el momento.

Total que me giro y he ahí que el capullo en cuestión era un puto enano con barba de chivo, gafas de culo de vaso, cuarenta tacos o así, un esmirriado de metro y medio y mala baba a raudales. Vamos, lo que viene a ser un puto tirillas en el lenguaje técnico de la calle, un mierda que no tenía ni media hostia, y conste que no lo digo por la estatura y el aspecto sino por su actitud. Y entonces todo empieza a cuadrar, no falla, el miserable de turno acomplejado haciendo uso perverso de su mínima cuota de autoridad sobre un ser todavía más débil que él. Lástima, qué otra cosa podía sentir sino por el chaval. Sobre todo a la vista de que la que parecía su madre no hacía ni amago en poner en su sitio al otro adulto, un miserable como la copa de un pino. En fin, pues eso, apuntes para un hipotético drama, qué si no, una mirada ceñuda no resuelve nada, acaso ahuyenta al monstruo un rato; pero luego, luego quién sabe lo que le deparará a ese chaval en compañía de semejante cafre.