lunes, 10 de enero de 2022

REVISANDO LOS CLÁSICOS: ASESINATO EN EL COMITÉ CENTRAL - MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

Artículo para la revista EL SAYÓN:  https://www.elsayon.com/revisando-los-clasicos/?fbclid=IwAR0ivAN6zyyTDaFvpc5evn2WROC6QX5vh7O4uu-XcD8BOjh0ckKvCqfJY6Y



    Hay que releer a los clásicos, claro que sí, sobre todo con el ánimo de cotejarlos con los contemporáneos. En el caso de la novela negra en castellano, y más en concreto española, no hay mejor ni más incuestionable clásico que la saga de las novelas de Pepe Carvalho escritas por Manuel Vázquez Montalbán. Una saga cuya trascendencia no estriba solo en el éxito comercial que con el tiempo rebasó los límites de lo exclusivamente editorial para saltar a la pequeña pantalla con igual resultado, un verdadero fenómeno mediático si tenemos en cuenta la exigua producción y todavía más escasa acogida que había tenido hasta entonces la novela negra escrita en castellano a diferencia de esa otra escrita originariamente en inglés, francés e incluso en italiano, sino también por lo que supuso de revelación de la novela negra como un género que rompía definitivamente con la idea de que las novelas de policías o detectives con crímenes de fondo eran, o debían ser, exclusivamente de rápido consumo, para entretener y poco más. Nada más lejos de la pretensión de Vázquez Montalbán a la hora de concebir su Pepe Carvalho, a decir verdad una especie de sosias, no tanto del propio autor como de la generación de antiguos combatientes antifranquistas que con la muerte del dictador, tras la llamada Transición y la llegada de la democracia bajo los auspicios de una segunda restauración borbónica tuvieron que reconvertirse o adaptarse lo mejor que pudieron a la nueva situación. De ese modo, la intención de Vázquez Montalbán a la hora de poner en escena a su Pepe Carvalho no fue otra que aprovechar el formato que le ofrecía el género negro como una mera coartada para escribir su propio retrato galdosiano de una época y unas gentes, la suya propia. No es extraño, pues, el interés que suscitó entre los coetáneos de Vázquez Montalbán la saga del detective gastrónomo y desencantado de todo que de tanto en tanto quemaba los libros de su biblioteca en lo que era a todas luces su particular ajuste de cuentas con su pasado. Empero, una de las claves del éxito de Pepe Carvalho no solo fue un acierto parir un personaje con el que muchos españoles de su generación enseguida se vieron identificados, en especial todos aquellos que habían militado a favor de la utopía en los años previos a la muerte del caudillo gallego y que tras la componenda entre los poderes fácticos de la dictadura con la mayoría de los principales líderes de la llamada oposición democrática dio lugar a la segunda restauración de la monarquía borbónica amparada por una constitución tan democrática como inmovilista, un verdadero dique de contención para cualquier aspiración de cambio o reforma todavía más democratizadora que pudiera darse en el futuro, sino también, o sobre todo, aquello que el propio Vázquez Montalbán comentó varias veces a lo largo de su vida sobre su propósito de hacer todo lo contrario que se esperaba de un escritor de novela negra, como, por ejemplo, evitar a toda costa ese cliché tan propio del género según el cual el inspector o detective tiene que ser poco más que un héroe que al final siempre se salía con la suya, o dicho de otra manera, una trama en las que al final siempre triunfaba el bien, es decir, el orden y la ley. Ahora bien, ese rechazo a los supuestos cánones del género era lo que Vázquez Montalbán denominó en una entrevista en enero de 1988 en la revista literaria Quimera“ burla del esquema genérico” y que, en mi modesta opinión, no se trataba tanto de su pretensión de ponerse por montera los supuestos cánones de la novela negra clásica americana que él decía admirar, la de Chandler, D. Hammett, C. Himes o R. Wright, como su empeño en sobrepasarla haciendo algo que la acercara más a la obra de su todavía más admirado Leonardo Sciascia, del cual afirmaba que hacía la mejor novela política aprovechándose del género negro, ni más ni menos que lo que se advierte a lo largo de toda la serie Carvalho. Tal es así que uno no puede evitar sospechar que el verdadero o más importante referente literario de Vázquez Montalbán no fue otro que el escritor siciliano, aquel que le indicó el camino para hacer una novela negra que no fuera un simple remedo de esas otras americanas sin otra ambición que entretener al público, una novela enraizada en un entorno europeo, todavía más mediterráneo, y, ya muy en especial, con un evidente trasfondo político en lo que se refiere a retratar el momento histórico en el que se ambientan las tramas (curioso también que no mucho tiempo después, otro siciliano, Andrea Camilleri, considerado en cierta medida el sucesor natural de Sciascia, si bien que a mucha distancia de este, iniciara su serie negra como el inspector Montalbano como protagonista y confeso homenaje a las novelas negras del autor catalán). Ambos, Sciascia y Vázquez Montalbán, escritores comprometidos políticamente con su tiempo y su entorno habían llegado a la misma conclusión:

“La novela negra posee condiciones técnicas para asumir y aprehender el realismo superiores a las que pudo tener en su momento el realismo socialista o el realismo crítico.” (Quimera, enero 1988)

Solo así se explica que escritores considerados a sí mismos como esencialmente literarios, se atrevieran, incluso procedería decir que se dignaran, a cultivar un género que por entonces seguía siendo considerado ni más ni menos que subliteratura, siquiera ya solo literatura no culta o de masas, algo de lo que Vázquez Montalbán era muy consciente y de ahí su deseo de mantener las distancias, puede que de justificarse, a toda costa:

Yo jamás he considerado que escribiera subliteratura, de ser así nunca la hubiera escrito, y de hecho casi siempre, salvo cuando no he tenido más remedio, he editado mis novelas en colecciones no policiales; no porque considere que el género es menor, para mí Chester Himes es un novelista tan importante como Richard Wright o como cualquier novelista de la nueva negritud, y Dashiell Hammett es tan importante como Hemingway o Faulkner. Pero no he escrito jamás con la voluntad de hacer subgénero ni de hacer subliteratura.” (Quimera, enero 1988)

De cualquier forma, servidor rescata de las estanterías de su biblioteca Asesinato en el comité central (1981), publicada por primera vez en 1981, la novela de la saga Carvalho que más dificultades técnicas le supuso por lo supuso de procurar encajar la pesada carga ideológica de la historia con la trama estrictamente negra sin que rechinara ni lo uno ni lo otro, según declaraba el propio Vázquez Montalbán en la entrevista antes citada (por el contrario, de las que más satisfecho se sentía por considerarlas las más equilibradas de todas son Los pájaros de Bangkok (1983) y La rosa de Alejandría (1984), y no puede sino confirmar todo lo apuntado anteriormente. Para empezar, no puede ser más evidente eso que yo denomino el pujo galdosiano de querer aprehender un momento concreto de la Historia, en este caso tanto de la España como de la universal, a través de las peripecias de unos personajes. En este caso todo el trasfondo histórico, incluso ideológico, del crimen que le toca resolver a Carvalho en Asesinato en el comité central se sitúa en el cisma que sufre el comunismo europeo occidental con la aparición de lo que se denominaría eurocomunismo, o lo que es lo mismo, la puesta a punto de los partidos comunistas occidentales para adaptarse al juego parlamentario de las democracias de corte libera tras liberarse de la carga ideológica e incluso orgánica de la Unión Soviética y sus directrices. Una cisma que en todas partes supuso un verdadero cataclismo entre los viejos camaradas que habían estado al frente del partido en las duras y en las maduras, siendo quizás el caso español el más paradójico o conflictivo de todos por lo que tuvo de renunciar al capital simbólico acumulado por el Partido Comunista de España como principal fuerza opositora durante el franquismo. Un capital que apenas le supuso rédito alguno dados los parcos resultados electorales tras las primeras elecciones democráticas, todo un baño de realidad ante el que los militantes reaccionaron de maneras muy diversas, desde el empecinamiento en la defensa de las esencias a toda costa hasta el desencanto absoluto, siendo el propio Carvalho uno de los ejemplos más preclaros de aquellos que se decantaron por lo segundo. Tal es así que en Asesinato en el comité central Carvalho no es solo esa figura del detective al que se recurre para resolver un caso cuyas circunstancias e implicados suelen serle desconocidos hasta el preciso momento de aceptar el caso, sino que más bien es la excusa para el reencuentro del viejo combatiente antifranquista con carné del PCE en la clandestinidad con muchos de sus antiguos camaradas. Un reencuentro que le sirve al autor para ofrecernos una mirada, la cual una vez releído el libro vuelvo a tener las dudas de la primera lectura respecto a si dicha mirada es más nostálgica que crítica, y eso a pesar del continuo desapego que Carvalho muestra respecto a sus antiguos camaradas, con no pocas gotas de delicioso cinismo; pero, sin llegar a ser nunca verdaderamente cruel sino más bien todo lo contrario, yo me atrevería a afirmar que hasta tierno. Dicho lo cual nos encontraríamos con la segunda característica fundamental de la saga Carvalho, quizás la que más se distinguió en su momento de la mayoría de las novelas negras a las que el público estaba acostumbrado: su irreverente sentido del humor. A decir verdad, si no es por el humor en su vertiente más irónica e incluso surrealista, eso que M.V.M denominaba “burla del esquema genérico”, éste jamás habría escrito una sola novela negra al uso, es decir, una novela en la que la resolución del crimen fuera lo único que importara dentro de la trama. Ahora bien, tampoco estamos hablando de una parodia de la novela negra al estilo de lo que El Quijote representa para las novelas de caballería de su época. Ni mucho menos, Vázquez Montalbán siempre fue consciente de que esa siempre teórica parodia del género, la cual solo lo es en la medida en que el absurdo se impone a cierta lógica de los hechos, debía ser siempre contenida para no desfigurar el contenido esencialmente negro, es decir, la trama criminal. De hecho, es el propio Vázquez Montalbán quien avisa de los riesgos de pasarse de frenada con la susodicha burla del esquema genérico:

Es más difícil hacer humor con el sexo que con la novela policíaca: con esta última se puede hacer humor, pero siempre relativamente, a no ser que la propia novela sea una parábola escrita en clave de humor. Yo lo he ensayado en una de ellas, en El balneario, que es de hecho una parábola. Chandler constantemente está haciendo humor, pero con una contención tremenda para que la novela no caiga en la incredibilidad.“(Quimera, enero 1988)

Con todo, en Asesinato en el comité central, así como en la práctica totalidad de la saga de Pepe Carvalho e incluso del resto de su novelística, hay ironía y guiños humorísticos a raudales, no en vano hablamos de una de las características más notorias del estilo del escritor barcelonés y probablemente también una de las principales razones de su éxito de público. Un humor que puede atisbarse en multitud de detalles en principio no tan evidentes como esas dos inclinaciones tan características de Carvalho como quemar libros y su obsesión, porque es imposible calificarlo de otra manera, gastronómica, dos referencias tan tópicas de una generación muy concreta de españoles, los cuales pasaron de la noche a la mañana de la austeridad comunista al hedonismo pequeñoburgués, y en las que, a poco que se sepa de la biografía de M.V.M, resulta evidente que éste se está parodiando a sí mismo y probablemente también a toda su tribu. Otra cosa es que en Asesinato en el comité central ese humor flirtee de continuo con el cinismo de un Carvalho cuando al investigar el asesinato del secretario general de Partido Comunista de España se reencuentra no solo con muchos de sus antiguos camaradas, cada cual con su propia evolución ideológica-sentimental o no a cuestas, así como esa joven militante en la que Carvalho cree reconocer el entusiasmo y no poca sana y hasta entrañable ingenuidad de sus años mozos, sino sobre todo con su pasado. Un pasado que no deja de ser, una vez más, el de casi toda una generación de idealistas que con el paso del tiempo acabaron como Pepe Carvalho, quemando los libros con los que machacaron sus cabezas a conciencia y sustituyendo el ardor revolucionario por la gula pura y dura en versión emuladores de Paul Bocuse de fin de semana.

En cualquier caso, una relectura increíblemente gozosa en el que servidor se reencuentra no solo con un episodio de la Historia de España y el mundo como fue la crisis de identidad de la ideología más importante, o al menos determinante, de la primera mitad del siglo XX, sino también con un modo de poner en escena dicho episodio desde la novela negra y con una eficacia extraordinaria, ni más ni menos que la habitual  de un verdadero maestro de las letras que fue Manuel Vázquez Montalbán. De hecho, disfruto tanto con el modo como ese episodio histórico concreto se engarza en la trama criminal que Carvalho debe resolver, y muy en especial con el tono irónico, insisto que también cínico por momentos, que no puedo evitar preguntarme por los hipotéticos discípulos contemporáneos de este tipo de novela negra en la que el autor poco más se aprovecha el género para hablarnos de cosas de mucha más enjundia que la simple resolución de un crimen. Una pregunta que viene a ser la misma que la que le hace el entrevistador de la revista Quimera a M.V.M cuando le inquiere por el estado de la novela negra escrita en castellano y en España, y este le contesta que ve dos caminos diferentes, pero no por ello divergentes, el que representa Andreu Martín con su fidelidad a las reglas del género, es decir, una obra en la que la resolución del crimen condiciona el conjunto de la Historia sin apenas desviarse un milímetro de lo que tiene que ver con éste, y ese otro de Juan Madrid en donde sí hay lugar para una mirada más allá de lo exclusivamente criminal:

Andreu Martín es muy fiel, en su obra se produce un efecto de mímesis bien resuelto; no quiero decir que sea un escritor mimético, sino que toma el género y lo respeta totalmente, incluso rechaza cualquier variedad que no se pueda denominar novela negra; en cambio en Juan Madrid se transparenta la novela negra, evidentemente, el cine negro, pero también está Baroja, la tradición de novela barojiana urbana, no solamente del ciclo de La lucha por Ia vida sino las novelas-crónicas cortas de los años treinta.” (Quimera, enero 1988).

Dicho lo cual, creo que determinar qué autores contemporáneos de novela negra pueden adscribirse a la lista de los que han tomado uno u otro camino es tarea del lector de estas líneas. Yo ni siquiera me voy a tomar la molestia de aventurar nombres, ya sea para no alargar en exceso este artículo, como en la convicción de que sería repetir por mi parte los mismos nombres de siempre que acostumbro a citar en mis artículos y reseñas, nombres que además no son ni de lejos todos los que son, sino tan solo aquellos que yo frecuento con cierta asiduidad y tanto por devoción como por mera curiosidad. Nombres en los que, en cualquier caso, me temo que no estarían la mayoría de los autores de trilogías de éxito, y aquí excuso decir el motivo, o más bien lo aplazo para otro artículo. Nombres entre los que, insisto, faltarían muchos de los autores que han irrumpido en el panorama de la novela negra española por la simple razón de que la oferta actual, siquiera en comparación con la que era en la época de Manuel Vázquez Montalbán, es hoy en día apabullante, puede que incluso desmedida, como si todo el mundo se hubiera puesto a escribir novela negra con la excusa de que es la única que vende como consecuencia de los sucesivos “booms” como el escandinavo y todos los que le han sucedido por emulación y, sobre todo, por obra y gracia de la mercadotecnia editorial.

Por mi parte, solo una declaración de intenciones. Confieso que, si bien considero tan digno e interesante el camino que según M.V.M apuntaba la novelística de Andreu Martín como insigne representante de cierto purismo o clasicismo dentro de la novela negras, eso sí, siempre adaptado a la idiosincrasia española, tal y como salta a la vista en sus novelas ambientadas en Barcelona, y también siendo consciente de que la mayoría de la novela negra española que sucedió a Montalbán hasta nuestros días tomó ese derrotero, como además era de esperar dado que, por lo general, quienes aseguran el éxito de un género suelen ser antes que nada los amantes de las esencias más puras de este, yo me decanto sin lugar a duda por el estilo más ecléctico e incluso políticamente comprometido de Juan Madrid. Dicho de otra manera, soy más de Sciascia que de Chandler. Es decir, más de Manuel Vázquez Montalbán que, me temo, cualquier otro escritor de novela negra español.

© Txema Arinas. Enero 2022. Todos los derechos reservados.

 

GALILEO GALILEI Y LAS REDES


 

   Cada vez me horrorizan más y me aburren por igual los comentarios que leo en las redes a cuenta de lo que sea, absolutamente de todo. Tal es así que me imagino a Galileo Galilei en twitter o feisbuk soltando su famosa e hipotética frase en italiano, la cual, según la tradición, habría pronunciado después de abjurar de la visión heliocéntrica del mundo ante el tribunal de la Santa Inquisición, y...

- Gali: Eppur si muove ("y, sin embargo, se mueve")
- Anaxímenes: Mentira, como mucho se condensa o se rarefacta.
- Demócrito: Pues que no se mueva tanto, lo que hay que hacer es estarse quieto y alcanzar la ética y la virtud por el equilibrio de las pasiones, lo que a su vez se alcanza mediante el saber y la prudencia.
- Pitágoras: Me da igual que se mueva o no; no pienso comer habas.
- Platón: Puede que eso sea en el mundo sensible, en el de las ideas no se mueve un ápice.
- Epicuro: A mí con tal de que no se me caiga el vino de la copa, o que no me la muerda el esclavo en un descuido porque se mueve demasiado...
- San Agustín: Lo importante es moverse de acuerdo con la fe de Cristo.
- Averroes: Ya están algunos mezclando otra vez la religión con la ciencia.
- Guillermo de Occam: Estoy de acuerdo con el moro.
- Averroes: No soy moro, soy judío.
- Tomás de Aquino: tanto monta, monta tanto.
- Descartes: Si el Galileo piensa que es así, pues será.
- Locke: A mí que me demuestre con pruebas que se mueve.
- Kant: No me gusta hacer categorías; pero...
- Hegel: Es imposible tratar nada dialécticamente en este medio...
- Arthur Schopenhauer: Por mí un mundo que se mueve con Hegel dentro ojalá explote de un momento a otro; total todo es una mierda.
- K. Marx: Vale que se mueva; pero, en beneficio de quién. Eso es lo que tendríamos que estar discutiendo.
- Friedrich Nietzsche: Valiente gilipollas el tal Galileo que no es capaz de expresar su opinión en latín o griego y lo tiene que hacer en vulgar romance.
- Martin Heidegger: ¿Si digo que lo único que se mueve es el ser en sí mismo también me vais a llamar nazi?
- Jean-Paul Sartre: ¿Y qué sentido tiene que se mueva o se deje de mover?
- Simone de Beauvoir: Os recuerdo que para nosotras también se mueve.
- Michel Foucault: Se mueve, vaya que sí mueve. De hecho, lo hace siempre alrededor de mi polla.
- Hannah Arendt: Todavía no entiendo cómo pude estar tan pillada por un tío tan tonto y tan nazi.
- Slavoj Zizek: Nos quieren hacer creer que se mueve para tenernos más controlados. Galileo es un esbirro declarado del capitalismo.
- Ayn Rand: Eres un bluff, Zizek, el típico machirulo capaz de inventar cualquier teoría por estúpida que sea con tal de estar siempre en la palestra.
- Zygmunt Bauman: Leo todos vuestros comentarios como el que oye llover...

domingo, 9 de enero de 2022

SUFRIKARIOKO TRANBIA


 

Atzo Lisboari eskainitako ETB1ko Munduko Plaza saioa ikusten ari nintzela banekien gauena Lisboarekin amets egingo nuela lokartu orduko. Zer dela eta? Ba, nik uste txikitatik zortzi edo bederatzigarren bider bertan egon naizelako, azkenak, jakina, nire emaztearekin zein gure bi kakanarruekin. Eta pentsa bezala lotan banengoela Lisboan bertan nengoen nire emaztearekin. Zoragarria, nosk, non hobeto maiteen dudan hiri horretan baino. Halere, eta lehenago idatzi bezala, hainbat aldiz bertan egona naiz, hortaz, oroitzapen pila; baina, beharnada, askotxo ere ez oso egokiak nire emaztearekin nenbilela. Zergatik? Beitu, esaterako, Moreria auzoan genbiltzala, aldapan gora eta behera, kale batetik beste batera aldatu eta aurretik aspaldi-aspalditik ez ikusitako neska-lagun ohi bat zetorrela asmatzen nuen. Nik, jakina, nire emaztearekin Lisboan zehar ibilaldi erromantikoa egiten ari nintzela, ez nuen inolako gogorik neska-lagun ohi batekin topo egiteko, batez ere “aspaldiko, Txema, nolatan zu hemendik, zer moduz zure…” hitz eta pitz hasteko. Horrenbestez, eta bat-batean kale, plaza, zoko edo zirrikitu guztietatik agertzen ziren neska-ohiekin, gehienak egia esanda ezezagunak, gehienak mota, jatorri eta itxura guztietakoak, ilebeltzak zein ilehoriak edo ilegorriak, zuriak zein beltzak edo beltzaranak, altuak zein txikiak, lodiak zein argalak, jatorrak zein OPUSeko unibertsitatera joandakoak... nola edo hala, kosta ahala kosta, saihesten saiatzen nintzen, sarritan ere oso modu dorpe edo zabarrean, zeren, halako batean, Amoreiraseko behategian geundela, eta nire emazteak niregana “Txema, Txema!” ia aldarrika zetorren brasildar beltzaran bat ikus eta batez ere aditu ez zezan haren belarriak eskuez estali, haren burua oldarrez itzulerazi eta ozta-ozta ezustean behategian behera bultzatu egin nuen. Neska-lagun pila, bai, eta gehienak, egia esanda, nik sekula ez ezagututakoak, benetan diot, nik inoiz egon ez bainaiz bi metro eta koskako angolar jainkosa batekin, ai egon banintz, “esagurot”… mundua hobeto ezagutzeko…; baina, ametsak amets dira, beraz, ageri zen sufrikario moduko batean nengoela, taxuzko amesgaizto batean. Gauzak horrela, erabaki egin nuen Belem alderaino doan tranbia hartzea, bertan biok elkarrekin lasai askoan paseatzeko asmotan behar beste leku eta batik bat bide zegoelakoan; baina, tranbiara igo eta bat-batean jabetu egin nintzen nire ustezko edo balizko neska-lagun ohi guztiak bertaraino zihoazela, nola ez, beharko, Lisboako ibilbiderik ezagun eta xamurrena denez, badakizue, Belémeko Dorretxoa ikuste aldera. Ezin asmatu, beraz, zer nolako sufrikarioa Jeronimotarretara iritsi arte, denak batera, portugaleraz eta nik benetan zertaz ari ziren jakiteke, "Desgraçado, você disse que não foi feito para o compromisso e agora com este pivete de vocês vão viver em Astúrias", hau da, azkenengoz itzarri egin nintzen arte. Arindu ederra, bai noski. Halere, ez nahastu, ni sekula izan ez bainaiz egiazko gonazale porrokatu bat edo, ametsetan propio ez baldin bada, jakina. Atzo errua izan zen lotara aurretik Matthew McConaugheyren Ghosts of Girlfriends Past pelikula ikustea; txarra baino txarragoa.

* Marrazkia, badakit ez dela ezer apartekorik; baina, bai nik egindakoa.

viernes, 7 de enero de 2022

COPLICAS




Un día quise invitar a Maraña a un evento.
No entiendo cómo pude equivocarme.
Cuántos gritos e improperios, qué disgusto.
Solo a mí se me ocurre así arriesgarme.
Créanme si digo que todavía hoy lo lamento.
Tengo miedo a que aparezca un día por casa,
armado con un buen garrote,
y sin darme tiempo a improvisar una excusa,
de repente me monte un pitote,
por haber cometido una errata como esa,
tan grande y dura como mi cipote.
Josemari de Concinos





 

He amado como me salía la crema pastelera.
Las más cremosa,
otras casi líquida,
a veces muy espesa.
Pero, siempre, siempre,
dulce y con sabor a vainilla.
A todo le ponía color,
las más de plátano,
otras casi mantequilla,
a veces sol toscano.
Puse el relleno a todo lo que era crujiente.
Cómo iba a saber yo,
amante pastelero,
que solo te gustaba
la nata montada.

BERTSO PENAGARRIAK


 

Aurten txapela eder bat Olentzerok ekarria Nahiz eta ondo jakin ama dela ikazkin ona Ifrentzuan, nola ez, josia Arabako armarria Holakoa baitzen gure aitajaunak zeroana Hau da, asteburuetan omendu nahian herria Ezer baino lehen jaun eta jabe baitzen aitona Aurten ere beste txapela dotoreago bat opari Emaztea eta bi semeak ditut berriz Erregeak Armarria, beharko, Euskal Herrikoa, nabari Jaiegun nabarmenduetan egoki zioen legeak Horretan ere genuen beti gure aitaita agintari Eta gu, aldiz, haren ondoan morroi indargeak Halere, esaidazue, senideak, txapela bat, benetan? Baduzu edadea burusoil hori hobeto estaltzearren, Zure betiko txanoek izaten baitzaituzte epeletan, Txapela beroagoa da, beti agureago ere egin arren, apainagoa, duinagoa, propioagoa, euren ustetan. Begira zenbat idazle, Baroja, Antoñana, Iribarren... Nik ez dut inondik inora euren maila, nire erantzuna. Baina, bai, jantziko dut, ez dudan egurra mozteko, Txapela buruan ibili munduan, norainoko lotsaizuna, Aitonak ez bezala gure aitak sekula jantzi ez zuelako, Gu tradizioari beti muzin, hori da etxean ikasi duguna Bai, begitantu baitzitzaigun katea egiatan libre izateko. Ametx Berroztikoa.

LA EDITORIAL - TOTI MARTÍNEZ DE LEZEA


 

Reseña para SOLO NOVELA NEGRA: LA EDITORIAL de Toti Martínez de Lezea: https://www.solonovelanegra.es/la-editorial-de-toti-martinez-de-lezea/


       La Editorial  (2020) es la última novela de la escritora Toti Martínez de Lezea (Vitoria-Gasteiz, 1959), autora de una dilatada y exitosa obra literaria en la que predominan las novelas históricas, y más en concreto, aquellas ambientadas en la Edad Media, si bien no en exclusiva, y protagonizadas en su mayoría por personajes femeninos de todo tipo y condición. Más de veinte títulos entre los que destaco La calle de la Judería (1988), El señor de la guerra (2000), La hijos de Orgaiz (2001), La Herbolera (2020), La Abadesa (2002), La voz de Lug (2000), La comunera María Pachecho, una mujer rebelde (2003), El verdugo de Dios (2006), Mareas (2012), La universal (2010), Enda (2014), Hierba de brujas (2018) Y todos callaron (2015). Asimismo, Martínez de Lezea también es autora de una colección de más de quince títulos dirigidos a niños en los que cuenta las aventuras de Nur, personaje basado en la propia nieta de la escritora. Nos encontramos, pues, ante una reconocida y muy prolífica autora de novelas históricas en las que los personajes femeninos tienen especial relevancia, tanta como la tienen también esos otros del pueblo llano que, por lo general, no suelen tener tanta relevancia en este género de novelas. Con todo, y a pesar de la querencia de Martínez de Lezea por la Edad Media como fuente de inspiración de sus historias, la escritora vitoriana también ha prestado atención a otros periodos históricos más cercanos como el de la Guerra Civil española y su posguerra en su novela Y todos callaron, y, ya muy en especial, la novela objeto de esta reseña, La editorial.

        De hecho, y puesto que sería absurdo, hipócrita incluso, negar la evidencia de que la las novelas se clasifican en un género literario u otro en función de su contenido, siquiera ya solo para facilitar al lector la elección de una obra u otra en función de sus gustos, en el caso de La editorial no dudo en encuadrarla en el del género negro. Un género en el que la autora parece estrenarse, y no porque muchas de sus anteriores novelas de corte histórico carezcan de una trama criminal o por el estilo, sino más bien porque las convicciones del género negro, y que no son otras que aquellas que sus seguidores consideran consustanciales a los clásicos como Raymond Chandler, Dashiell Hammett o Carrol Jonh Daly como si fueran los verdaderos padres fundadores a los que de alguna u otra manera siempre hay que rendir un tributo, parecen establecer que las tramas negras siempre han de estar ambientadas en una época contemporánea, ya sea la propia del autor o cualquier otra no muy lejana de esta. De ese modo, El Nombre de la Rosa de Umberto Eco nunca podría pasar por una novela negra al uso, siquiera ya solo por carecer de inspectores o detectives con un arma de fuego debajo de la gabardina y un pitillo encendido entre los labios, y sí por una novela histórica dada la época en la que está ambientada y no digamos ya el entorno concreto de la abadía benedictina, circunstancia que demuestra a las claras lo mucho que tienen de arbitrario los géneros literarios cuando se trata de encasillar obras que se sobreponen por sí mismas a los corsés que les ponemos encima, ya no solo las editoriales o sus autores, sino incluso los propios lectores.

         Con todo, en el caso de La editorial a mí no me cabe duda de que nos encontramos ante una novela negra, canónica incluso, y no solo por el  hecho de que exista una trama alrededor de los asesinatos que suceden a lo largo del libro, sino, sobre todo, porque, a diferencia de una novela exclusivamente policial en la que el único propósito del autor es entretener al lector con la resolución del crimen o los crímenes, aquí es más que evidente que la verdadera razón de ser del género negro no es otra que aprovecharse de la trama criminal para hablar de otras cosas mucho más enjundiosas, ya sea para hacer un retrato de la época o del entorno en el que está ambientada, o una crítica muy concreta de determinados ámbitos políticos, socioculturales, profesionales o de cualquier otro tipo. En el caso de La Editorial no hay duda de que el objeto de crítica de la autora no es otro que el negocio editorial, el cual conoce a la perfección dada su larga trayectoria como autora de éxito, un éxito además de fuste, esto es, debido en exclusiva a sus propios méritos como autora que ha sido capaz de captar la atención, y en especial, la fidelidad de un amplio número de lectores que le permiten resistir los embates de una industria en la que, como ella misma señala en su libro, cada vez parece estar más en manos de tiburones de las finanzas antes que en las de verdaderos editores, siquiera en lo que se refiere a los grandes grupos editoriales que tienden a acaparar toda la atención mediática dedicada a la cosa de los libros.

      Así pues, Martínez de Lezea construye una trama alrededor de los descendientes de Gervasio Egurra, el fundador de una editorial homónima que con el tiempo ha conseguido situarse como una editorial puntera, esto es, de ámbito nacional y con una merecida reputación de seria, o lo que es lo mismo, comprometida tanto con la calidad de sus libros como con la rentabilidad de estos. Una próspera y prestigiosa editorial cuyo futuro será puesto en peligro por culpa de las luchas por el poder entre los miembros de la familia. De ese modo, la decisión por parte de la accionista mayoritaria y matriarca del clan, Doña Nieves Otadui, de colocar al frente de la editorial a un extraño, Emilio Goian, con el fin de adaptar la hasta entonces empresa familiar a los nuevos tiempos, provoca el consecuente malestar entre los miembros de la familia al ver amenazado, tanto su posición dentro de la editorial, como el prestigio de ésta. Entretanto, la trama arranca con la sospecha acerca de la verdadera naturaleza de la muerte de Gervas Egurra, el sucesor del fundador al frente de la editorial. Sospechas que se confirman con la muerte de otros miembros de la familia y que, como es de rigor en el género, se resolverán hacia el final del libro. Sin embargo, y como ya hemos apuntado antes, los asesinatos solo son una excusa para presentarnos unos personajes a través de los cuales la autora nos presentará tanto los tejemanejes del negocio editorial, como los perfiles humanos, o mejor dicho, la fauna humana que se desenvuelve alrededor del mundo de los libros, y poder dejar así constancia de su afilada crítica a la hora de hablar de este mundo del que ella misma es parte y de ahí la verosimilitud de todo lo que cuenta, como que imposible no sospechar en una especie de ajuste de cuentas contra todo aquello que le disgusta por la razón que sea.

    “-    Eso, ¿por qué no he presentado mi libro aquí y en Bilbao?

  • No hace falta, eres de sobra conocida –le respondió-. Has salido en prensa, radio y televisión. Las presentaciones son una pérdida de tiempo. Hay que alquilar una sala, hacer invitaciones, disponer de un lunch…, y de cien personas que acuden, solo veinte compran el libro, si lo compran. No queremos que te canses más de lo necesario. Haremos una buena presentación en Madrid, no te preocupes.” (pag. 64)

      De ese modo, la autora nos revela, o más bien rubrica, asuntos que, no por conocidos resultan, menos sangrantes y con clara y justa intención reivindicativa.

 “Begoña se echo a reír a ver la cara de sorpresa de su abuela. La autora llevaba ya nueve novelas publicadas, pero no era demasiado prolífica: sacaba un libro cada cuatro o cinco años. Ferviente admiradora del género realista de los siglos XIX y XX, de Flaubert, Emily Brontë, Eça de Queiroz, García Márquez y de otros autores y autoras, había escrito su primera novela ya cerca de los cuarenta años. La razón por la que había elegido un seudónimo inglés masculino no era otra que la indiferencia de editores y críticos hacia las escritoras, muchos de los cuales, por no decir todos, opinaban entonces que las mujeres nunca escribirían como los hombres. Algunos seguían opinando igual. De hecho, había envidado el primer original a varias editoriales, y se lo habían devuelto; probó a enviarlo bajo el seudónimo de marras, y se lo aceptaron a la primera.” (pag. 172).

   Una crítica a ciertos aspectos del negocio del libro que Toti encauzará a través de una trama paralela a la de los asesinatos y relacionada con el proyecto del nuevo gerente de la editorial de instaurar un premio literario que acapare la mayor atención mediática posible con el fin de garantizar un abultado número de ventas del libro premiado. Para ello el nuevo gerente de la Editorial Egurra no dudará en manipular a un autor de quinta fila y pariente de la familia al que acabará traicionando con el único objetivo de asegurarse unas ventas que de otra manera serían inconcebibles dada la irrelevancia mediática de éste. Esta traición provocará las lógicas ansias de revancha del autor engañado y también la confluencia con la trama criminal que arranca desde las primeras páginas con la sospechosa muerte del anterior gerente, Gervás Egurra. Ni qué decir tiene que todo lo relacionado con el premio nos remite a uno muy concreto y famoso que se otorga anualmente en cierta ciudad condal y que en el fondo no es sino el ejemplo elevado a la máxima potencia de la estafa montada alrededor de los premios literarios de cierto o supuesto relumbrón.

     “-   ¡Hijo de puta! Dijiste que el premio era mío!

  • Dije que tal vez tendrías una oportunidad – respondió el otro procurando no perder las formas-. Ya hablaremos.
  • ¡Te lo juro que te pegaré un tiro!

Begoña había salido tras él y se lo llevó afuera ayudada por Pablo, los tres seguidos por doña Mercedes, escandalizada ante el bochornoso espectáculo que estaba dando su yerno, y, aún más, preocupada por lo que este haría en cuando supiera que la novela premiada era un plagio de la suya.” (pag. 253)

        Ahora bien, nos equivocaríamos si pensáramos que en La editorial hay una defensa romántica del escritor entregado en cuerpo y alma al ejercicio de la Literatura por encima de las modas o los balances contables de las editoriales y siempre en contraste con los grandes figurones de las letras cuyos méritos a veces tienen más que ver con su tirón mediático en otros campos ajenos a la literatura. Ni mucho menos, la autora tiene una visión muy pragmática del negocio editorial en el que el escritor que triunfa, siquiera ya solo que sale adelante como tal, debe ser ante todo alguien que escriba lo suficientemente bien, es decir, tan claro y eficaz como para cautivar al lector y con ello vender los suficientes ejemplares para que el negocio sea rentable tanto para el editor como para autor. Una concepción del negocio que se repite varias veces a lo largo del libro y que, si bien no deja de ser respetable en lo que tiene de lógica comercial, también resulta paradójica, y hasta cierto punto literariamente suicida, si recordamos la larga lista de los grandes autores de la Historia de la Literatura que fueron rechazados en sus comienzos hasta que un editor valiente o el puro azar los dieron a conocer al gran público: Isaac Asimov, José Luís Borges, Stephen King, Rudyard Kipling, Agatha Christie, James Joyce, Margaret Michell, Vladimir Navokob, George Owell, Marcel Proust, J.K Rowling y un largo, pero muy largo etcétera. Con todo, también es cierto que por muy larga que sea la lista de grandes autores que tuvieron que superar el rechazo inicial con el que era recibida su obra por la mayoría de los editores de su tiempo, no deja de ser la excepción que confirmaría la regla de legiones de escritores de última fila que aspiran, y yo aquí utilizaría la segunda persona del plural por lo que me toca, aspiramos, a una gloria, siquiera efímera o ya solo de andar por casa, para la que no reunimos las condiciones necesarias según determinan tanto el mercado como los responsables de las editoriales que de verdad cuentan en el negocio de los libros. He ahí también, en la existencia de dicha legión de escritores con pretensiones literarias probablemente muy por encima de sus posibilidades, la razón del rechazo de la autora a un determinado estereotipo con el que no duda en ser implacable, puede incluso que con ánimo de saldar a saber qué cuentas.

“No pudo evitar una sonrisa: la pedantería de algunos literatos iba pareja a la escasa venta de sus libros. ¿Cuánto le habrían pagado a aquel tipo cuyo nombre ignoraba la víspera? ¿Cuántas más daba a cabo del año a fin de sacarse un sueldo? Había consultado en Internet para no parecer ignorante; tres novelas, cuatro libros de relatos cortos, otros dos de poesía, un ensayo y poco más en casi tres décadas. A su hermano se lo llevaban los demonios cada vez que mencionaba a aquellos autores que vivían del cuento, aseguraba; sin lectores, presumían de cultos, de literatos exquisitos, citaban a escritores y filósofos, y su presencia debidamente remunerada en eventos, fiestas, entregas de premios y demás era considerada un gran logro por los organizadores, que tampoco eran sus lectores.” (pag. 216)

     Claro que esto último ya solo en lo que atañe al prototipo de escritor que se suele calificar como “literario”, o dicho de otro modo, de minorías presuntamente selectas, el cual, además, suele recibir más atención de la crítica literaria que otros autores mucho más conocidos por el gran público y sobre todo vendidos. Porque luego está el retrato inmisericorde que la autora hace de uno de los personajes centrales del libro, el marido de una de los miembros del clan Egurra, en realidad uno de los personajes más negativos de la trama y sobre el que acaban recayendo todas las sospechas acerca de la autoría de los asesinatos que aparecen en el libro.

 “Sus originales le eran devueltos al cabo de dos semanas, incluso meses, con la coletilla correspondiente: “Lo sentimos, pero sus relatos no entran en nuestra línea de edición”, lo que venía a decir que no les interesaban en absoluto. Se había asimismo presentado a los grandes galardones, los que iban acompañados de fama y una buena cantidad de dinero, pero solo obtuvo el silencio como respuesta. Lo intento entonces en algunos concursos locales y consiguió un par de premios que halagaron su ego, pero sirvieron para mucho; continuó siendo ignorado por lectores y críticos. Al mismo tiempo, se veía rodeado de plumillas cuyos libros aparecían en las listas de los más vendidos y eran esperados con ansiedad por los lectores, y que a su parecer, no le llegaban a la suela del zapato. Contemplaba impotente cómo otros firmaban ejemplares entre sonrisas y parabienes en las ferias organizadas por el sector librero, mientras mascullaba algo acerca de la ignorancia de la gente, mordisqueaba el bolígrafo y mantenía una sonrisa de compromiso. Ya no asistía a las ferias, ni siquiera se acercaba a El Arenal durante las dos semanas que duraba la Feria del Libro de Bilbao, ¿para qué?” (pag. 123)

   Lo dicho, un retrato inmisericorde que puede que haya sido hecho por la autora teniendo en mente algún o algunos personajes reales en concreto y a los que la mezquindad que ella supone a su personaje sea cierta; pero, con el que también vuelve a ahondar en su desprecio, porque de otra manera no se puede tildar, hacia la legión de autores, mejores o peores pero todos ellos sacrificando tiempo e ilusiones en una vocación para la que solo quedan esas migajas a las que se refiere ella, esos pequeñas palmadas en la espalda del ego de cada cual que son las esporádicas menciones en los medios o los premios en la categoría que sea. Un retrato en el que se presenta la falta de éxito del personaje del cuñado fracasado y resentido como su principal característica negativa, esa que  que, lejos de provocar lástima, compasión o cualquier otra cosa por el estilo, lo que de verdad inspira es un desdén sin límites y poco más, vamos, un estilo a lo que hacía en el anterior con los literatos de relumbrón a los que les reprochaba que no vendieran lo suficiente para merecer su respeto como escritores. ¿Cuál es entonces el prototipo de escritor que sí merece el respeto de la narradora de La Editorial? Pues Toti Martínez de Lezea no tiene dudas en manifestarlo a través de uno de los personajes secundarios de la novela, un personaje con el que resulta imposible resistirse a sospechar la puesta en escena de cierto alter-ego.

“Margaret Wind era una autora del género histórico con cientos de miles de ejemplares vendidos en todo el mundo, reconocida por la crítica, con innumerables premios en su haber y series televisivas basadas en algunos de sus libros. Su nombre aparecía todos los años entre los elegibles para el premio Man Booker, si bien ella se reía cada vez que alguien se lo mencionaba y soltaba su frase favorita: “Cows do not like flowers”.  (pag. 33)

“Empezaba a cansarse de tanto viaje, de tantas sonrisas, maletas, aviones, entrevistas, de repetir siempre lo mismo. Por supuesto que le encantaba que sus historias gustaran y que ya no tuviera que pelear como al principio, cuando varias editoriales rechazaron su primer trabajo aduciendo el llamado género histórico estaba pasado de moda. De nada valió que insistiera en el hecho de que la novela solo era una novela, ubicada, eso sí, en una época determinada, pero que no le interesaba escribir sobre reyes, reinas, amantes reales, conquistadores, guerras y demás, que ella utilizaba la Historia con h mayúscula como escenario, pero que la trama era suya y giraba en torno a gentes sin nombre: mujeres, campesinos, huérfanos, artesanos, que siempre habían sufrido la opresión de los poderosos; ellos eran los verdaderos artífices de la Historia, aunque no aparecieran. Por suerte, una pequeña editorial se interesó, y hasta ahora.” (pag. 42)

      He ahí también la razón por la que el juicio tan severo, desdeñoso incluso, que la autora hace de la susodicha legión de escritores de tercera, cuarta y hasta la última fila en la figura de aquel que se auto edita sus vanidades para luego colocárselas a familiares y amigos en exclusiva, resultaría acaso poco elegante si no fuera tanto una crítica a un prototipo de escritor muy concreto y que solo la autora conoce o padece, sino al conjunto de los escritores o aspirantes a serlo con todas las de la ley que de alguna u otra manera se encuentran en la misma situación que estos, sobre todo viniendo de alguien que disfruta de lo que se puede considerar el mínimo éxito editorial en cuanto a reconocimiento y ventas, un éxito merecido y celebrado, que eso no se lo niega nadie. De hecho, si hay algo verdaderamente innegable y especialmente atractivo en La Editorial de Toti Martínez de Lezea es la constancia de que su profesionalidad como escritora de tan larga y exitosa trayectoria es la principal garantía de que está novela funcione a la perfección. La Editorial no solo se lee de un tirón como consecuencia de la maestría que Martínez de Lezea muestra como narradora  haciendo que el texto fluya siempre con las palabras exactas y justas, sino que además utiliza a la perfección todos los recursos narrativos al uso para hacer que la intriga arrastre al lector hasta el desenlace final de la trama sin que esta se resiente, o ralentice, con las dosis ingentes de vitriolo que la autora vierte sobre el tema principal de la novela: el negocio editorial.

      De ese modo, solo se puede aplaudir el resultado cum laude de esta primera incursión de la escritora vitoriana en el género negro como tal. Si eso solo un pequeño reparo, el cual no deja ser una apreciación absolutamente subjetiva por mi parte, y es que dado el peso de la trama alrededor de las rencillas entre los miembros de la familia Egurra y los chanchullos a los que se ve abocada su editorial tras poner a un extraño como Emilio Goian al frente de esta, creo que esa otra exclusivamente criminal acaba solapada por la primera, como que la percibo metida a calzador para justificar la existencia de una trama negra como mandan los cánones, esto es, con los cadáveres de rigor, pero que yo, en lo que me temo que solo puede ser tachado de herejía respecto al género, creo sinceramente innecesaria: ya bastante negro es todo lo que se cuenta sobre los tiras y aflojas entre los Egurra. y sobre todo la componenda que lleva a cabo Emilio Goian con un propósito que, por supuesto, no puedo revelar por respeto al género. Dicho otro modo, reivindico desde aquí el derecho de una novela a ser catalogada como negra sin necesidad de cadáveres de por medio, eso siempre y cuando la trama sea ya de por sí tan sucia, criminal y sobre todo descriptiva de ese lado negro de nuestras sociedades contemporáneas. Ni más ni menos que lo que hace Toti Martínez de Lezea en  La Editorial a la vez que demuestra que una escritora de raza como ella puede con todos los géneros.

 

  FICHA TÉCNICA: LA EDITORIAL – TOTI MARTÍNEZ DE LEZEA

 

Nº de páginas:

336

Editorial:

EREIN

Idioma:

CASTELLANO

Encuadernación:

Tapa blanda

ISBN:

9788491096221

Año de edición:

2020

Plaza de edición:

ES

Fecha de lanzamiento:

01/10/2020

 

Sinopsis de LA EDITORIAL

 

Tras medio siglo de esfuerzos, lo que en su día fuera un pequeño almacén se ha convertido en una editorial puntera con vocación de liderazgo, aunque para ello sea preciso adentrarse en negocios que poco o nada tienen que ver con los libros. Por motivos diferentes, desde la venganza a la indiferencia pasando por el ansia de riquezas o el verdadero amor hacia la Literatura, los descendientes de su fundador, Gervasio Egurra, luchan por hacerse con las riendas de la empresa familiar, bajo la vigilante mirada de doña Lola, viuda de Gervasio y matriarca del clan, que no olvida su pasado.

Una vez más, Toti Martínez de Lezea vuelve a sorprendernos con una trama, que, en esta ocasión, ubica en el presente y dentro de un ámbito que ella conoce bien. LA EDITORIAL supone un nuevo reto que demuestra la extraordinaria capacidad de la autora para crear caracteres, narrar historias de cualquier género que no dejan indiferentes a sus lectores y, asimismo, evidenciar determinados aspectos de un mundo que la apasiona, el de los libros.

Toti Martinez de Lezea

Toti Martínez de Lezea (Vitoria-Gasteiz, 1949). Escritora. Vive en Larrabetzu, pequeña población vizcaína. En 1978, en compañía de su marido, funda el grupo de teatro Kukubiltxo. Entre los años 1983 y 1992 escribe, dirige y realiza 40 programas de vídeo para el Departamento de Educación del Gobierno Vasco y más de mil para niños y jóvenes en ETB. En 1986 recopila y escribe Euskal Herriko Leiendak / Leyendas de Euskal Herria. En 1998 publica su primera novela La Calle de la Judería. Le siguen Las Torres de Sancho, La Herbolera, Señor de la Guerra, La Abadesa, Los hijos de Ogaiz, La voz de Lug, La Comunera, El verdugo de Dios, La cadena rota, Los grafitis de mamá, el ensayo Brujas, La brecha, El Jardín de la Oca, Placeres reales, La flor de la argoma, Perlas para un collar, La Universal, Veneno para la Corona, Mareas, Itahisa, Enda, y todos callaron, Tierra de leche y miel, Los grafitis de mamá, ahora abuela e Ittun. Autora prolífica, ha escrito literatura para jóvenes con títulos como El mensajero del rey, La hija de la Luna, Antxo III Nagusia y Muerte en el priorato. En el tramo infantil, Nur es su personaje estrella, inspirado en su propia nieta. Ha publicado además ocho cuentos para contar bajo el Titulo genérico de Érase una vez… Ha sido traducida al euskera, francés, alemán, portugués, chino y ruso. Habitualmente colabora con diferentes medios de comunicación y da charlas en universidades, asociaciones culturales y centros educativos. http://martinezdelezea.com/

 

 ©Reseña: Txema Arinas, 2022.

miércoles, 5 de enero de 2022

PESADILLA APÓCRIFA DE VÍSPERA DE REYES

 


    Anoche antes de irme a la cama fantaseaba con tener una pesadilla a la carta. Una en la que me despertara en mitad de la noche por un ruido proveniente del salón, y, al ir a comprobar qué pasaba allí, me daba de narices con un grupo de extraños arremolinados alrededor del árbol de Navidad cuyo parecido entre ellos me resultaba la mar de curioso.

- Pero… ¿Quiénes son ustedes y qué demonios hacen en mi casa?
- ¡Chssss! Somos los Reyes.
- ¿Qué reyes?
- Cómo que qué reyes, pues nosotros, los Borbones.
- ¿Los Borbones?
- Sí hombre. ¿No me reconoce? ¡Soy el Emérito!
- Hombre, pues así en chilaba y debajo de un turbante…
- Bueno, es que no he tenido tiempo de cambiarme. ¿Pero no me dirá que no reconoce a ese?
- ¿A cuál, al zumbado ese que está dando saltos en la terraza de casa como si fuera una rana?
- Ese es Felipe V, lo hemos dejado fuera porque, como el pobre no se asea mucho, no queríamos que…
- Me suena ese otro con cara de bobo.
- ¿Cuál, mi abuelo Alfonso XIII o el bisabuelo Alfonso XII?
- No, el que es casi idéntico a usted.
- ¿Carlos IV? Bueno, pero que no se nos olvide que en su caso el cornudo era él, no como…
- Y ya puestos: ¿Dónde para ese al que decían el mejor alcalde de Madrid?
- ¿Carlos III? Olvídese de él, siempre fue un especialito, como se crío en Nápoles siempre se creyó más fino y listo que todos nosotros. Andará de cañas por Madrid; como ahora hay libertad…
- ¿Y esa señora, se puede saber qué hace detrás del árbol de Navidad meneándole el miembro a…
- ¡Isabel! ¿Cómo se le ocurre aquí, delante de este señor? Me da igual que sea su madre, contrólese un poco, cinco minutos como mucho.
- ¡Joder qué tropa!
- Ya puede perdonar; pero, es que en la familia siempre hemos sido muy fogosos y…
- A mí qué coño me importa lo que hagan ustedes con sus aparatos reproductivos, lo que yo quiero saber es qué hostias hacen en el salón de mi casa.
- Pues qué vamos hacer, buen hombre, es noche de Reyes y hemos venido a traerle un regalo.
- ¿Cómo que un regalo?
- Sí, hombre, le hemos traído un ejemplar de la Constitución española del 78.
- ¿La del 78? Si al menos fuera la de la Pepa sería más interesante por la cosa histórica y así.
- ¡Chsss! Ni se le ocurra mencionar la Constitución de Cádiz delante de Fernandito, es capaz de arrearle en toda la cabeza con su miembro erecto, y ya habrá leído usted qué tamaño calzaba el mozo: «fino como una barra de lacre en su base, tan gordo como el puño en su extremidad», que escribió un tal Merimée.
- Encima se trata de una edición de bolsillo, de esas a 4.95€.
- ¿Y qué espera usted? Los Borbones no somos millonarios.
Momento en el que el Emérito estalla en carcajadas y con él todos sus parientes allí reunidos con la excepción de Felipe VI, el cual justo en este preciso momento descubro escondido detrás de la puerta intentando taparse la cara.
- Sabe lo que le digo, que paso de Reyes. Además yo siempre he sido más del Olentzero. Por cierto, ahora que lo veo, ¿también por aquí?
- No se confunda, caballero, ese de la boina roja es el primo Carlos, aquel al que ustedes los vascongados llamaban el Pretendiente.
- ¡No me joda, si aquí no cabe un tonto más!
Supongo que debería haberme despertado en ese preciso momento; pero, por mucho que me hubiera gustado haber soñado todo lo que aquí cuento, no se puede tener pesadillas a la carta. De modo que todo esto no ha sido producto de mi subconsciente sino de su contrario. Eso sí, muy contenida mi consciencia, mucho, demasiado.