jueves, 15 de septiembre de 2011

LAS HISTORIAS QUE CUENTAN LOS PLASTAS... (Kortatu)


Acabo de leer, como cada semana, el blog de Patxi Irurzun, y aunque hay una cosica que me ha encantado, que me ha hecho reir como tantas otras veces -y de ahí me adhesión inquebrantable, a muerte-, una de las mejores odas a la cerveza que he leido o escuchado nunca, luego me he encontrado con la siguiente entrada sobre las fuerzas de desorden público. Entonces me he acordado de ese que me reprochaba por email -que a mí me reprochan mucho por email, se ve que es como más de tú a tú que hacerlo en el mismo blog-, que doy mucho la brasa con mis historietas de juventud, mis batallitas de los años mozos y así, todo ello a cuenta de las hostias, zartakos, que repartieron no hace mucho por Madrid. Pues mira tú, ¿no querías café?, pues toma taza y media. Aunque luego ya sé que a la persona, o personas, que le molestan estas cosas, lo que realmente les pasa es que no le gusta el café, le parece que tiene un sabor muy desagradable, amargo como la vida de otros, siempre de otros, y claro, él o ella es más de té con menta o zumos tropicales, vamos, de endulzarse la vida, vivir envuelt@ en un inmenso azucar de algodón y de ahí que ciertas cosas, jo, chico, le resulten tan desagradables...


Me sorprende que muchos se estén dando cuenta ahora de que los antisdisturbios hacen pupita y que además disfrutan (que alguien decida ser antidisturbios ya es muy definitorio de esa persona). Mientras las hostias se las llevaban, o nos la llevábamos otros, no parecía importarle demasiado a nadie. Yo tengo un recuerdo en la cabeza, cinco puntos de sutura, de un porrazo me que me dieron en las fiestas de mi barrio, la Txantrea, mientras cometía el delito de tomarme una cerveza en la txoznas, el recinto festivo. Volví a casa escondiéndome por campos de trigo, mientras los helicópteros sobrevolaban los cientos de personas que huíamos y nos iluminaban con reflectores de luz. Aquello parecía Vietnam. En Urgencias tuve que decir que me había caído en un bar, porque si no igual venían a buscarme. Y salí bien parado. Por el mismo precio podían haberme detenido, incomunicado, torturado, encarcelado, todo ello mientras los medios de comunicación me estigmatizaban, me llamaban violento, terrorista… O podían haberme reventado la cara con un bote de humo, disparado a bocajarro, como a mi amigo M, al que dejaron en coma tirado sobre el asfalto.

Cuando tenía cinco años la policía nos paró en un control y nos hicieron bajar a todos del coche. Éramos cuatro niños pequeños, mi madre y mi tía. A mi tía le hicieron quitarse las gafas negras. Mi tía es ciega. Hace bastante menos, en otro control, a la que hicieron bajar del coche fue a mi mujer, embarazada de ocho meses. Otra vez, me pararon cuando conducía hacia un barnetegi (un internado para aprender euskera) y tiraron todos mis apuntes y mi ropa por la carretera.

Creo, pues, que es normal que me cambie de acera cuando los vea venir (como cantaban Kortatu). Que sienta miedo de quienes en teoría están para protegerme (también me sorprende que haya quien dice que los que protestan contra la policía bien que recurren a ella cuando la necesitan; pues solo faltaba…) . Y que es normal que no les tenga ningún cariño. Hasta que les haya tirado alguna que otra piedra de vez en cuando. Ellos empezaron.

Parece, en definitiva, que la policía se ha vuelto bruta de repente. Cuando han pegado unos cuantos zartakos en Madrid.

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